lunes, 25 de marzo de 2013

Capítulo 16:


        El timbre sonó a las nueve y media exactas y cuando salí de mi cuarto para ir a contestar me encontré a mi madre y mi hermana pegadas al video-portero y cuchicheando mientras se reían.

— ¿Tengo que ser el adulto de esta familia? No quiero ser el adulto de esta familia. —les gruñí estirando una mano para abrirle la puerta a Mara.

—Es muy guapa. —comentó mi madre intentando recuperar la compostura y parecer una persona seria y decente. Habría sido más eficaz si no tuviese esa sonrisa de “Mi hijo no va a morirse virgen un pozo, les gusta a las chicas. A las chicas guapas. ¡He hecho algo bien!”

—Algo había notado.

        Cuando abrí arriba tuve que tomarme un momento para cerrar la boca y no parecer un completo gilipollas. Porque, joder. Llevaba un vestido rojo y tenía en la mano una bandeja con el envoltorio de una pastelería. Y parecía dulce y amable.

—Traigo tarta de chocolate. —me sonrió antes de darme un beso en la mejilla y pasar hasta el salón.

        Mi madre y mi hermana se presentaron y mi hermana le dijo a Mara algo al oído que hizo que las dos me miraran y se rieran. Pero fue bastante bien.

        Nos sentamos y Mara le dijo a mi madre lo rica que estaba la cena y mi madre se puso roja. Realmente parecía ser ella quien quisiese impresionar a Mara y no al revés.

        Me tuvieron toda la noche llevando y trayendo cosas de la cocina mientras se reían a carcajadas. Y cuando acabamos de cenar nos sentamos en el salón con la tarta y el café y Mara dejó que mi hermana le hiciera trenzas. Yo hice fotos con el móvil.

—Si le tienes algún aprecio a ese teléfono, yo que tú las borraría. —dijo mientras me lanzaba una mirada amenazante intentando no mover la cabeza para que mi hermana no se torciera.

—Ah, ah. Ya no me impresionas, en el fondo eres una blanda.
        Me sacó la lengua, pero no lo negó. Y eso me calentó por dentro. Porque estaba empezando a entenderla.

— ¿Qué dices que estás estudiando? —preguntó mi madre una vez que mi hermana terminó de peinar a Mara.

        Mara me miró un momento con lo más parecido a la inseguridad que le he visto nunca antes de contestar.

—Psicología. Estoy en segundo año de psicología.

        Mi madre no tardó ni un momento en acercarse al borde del sofá mirándola con renovado interés.

— ¡Que chica tan centrada! Yo estoy intentando que Félix se decida de una vez por algo, pero no hay manera. ¿Qué te quedan dos meses de clase? ¡Eres un desastre! —afirmó girándose hacia mí.

—Bueno, a veces uno no sigue los ritmos impuestos, ¿no?—la cortó Mara antes de que yo pudiera ofenderme o mi madre seguir hablando. —Que sea bueno para la mayoría no implica que sea bueno para todos.

        Mi madre pareció dudar un momento, pero después de toda la propaganda que se ha tragado sobre el psicoanálisis, el poder de la mente etc. Lo que diga un psicólogo en mi casa iba a misa. Y Mara era lo más parecido a un psicólogo que había en la habitación.

—Supongo que tienes razón cariño. Nunca me lo había planteado así. —concedió contenta. Luego me guiñó un ojo.

        Mi hermana se fue a la cama e insistió en que tanto Mara como yo le diéramos un beso de buenas noches y fuéramos a arroparla. Y luego mi madre dejó que me escaqueara sin lavar los platos para acompañar a Mara hasta su casa.

        Así que echamos a andar y ella me cogió de la mano y apoyó la cabeza en mi hombro. Y era primavera y no hacía frio ni calor y si mi opinión le importara una mierda al ser superior que sea que nos mira desde arriba, habría parado el tiempo.

—Tu madre no me odia. —dijo de repente. Y cuando la miré tenía una sonrisa de puro orgullo en la cara. Y yo sonreí también.

—Mi madre te quiere más que a mí. Si te paras a pensarlo es triste. Voy a tener un trauma.

—Ya te lo quito yo, no te preocupes.

— ¿Voy a ser tu primer paciente cuando acabes la carrera? —pregunté bromeando. Y le pasé un brazo por la cintura. Porque podía.

—Hombre. Yo estaba pensando en sexo. Pero que si quieres también puedes ser mi primer paciente. —se rió ella.

        Cuando llegamos a su portal tuve que cerrar la boca para que la mandíbula no me llegara al suelo. Delante de la puerta había aparcado un Porsche negro. Y apoyado en el lateral un tío fumando.

        Y no sería digno de mención si el tío no fuera tan alto y ancho como un jodido armario y lo suficientemente guapo como para ser actor de cine. O para hacerse millonario simplemente vendiendo fotos de su puta cara.

        Cuando nos vio, se incorporó del coche, sonrió como un capullo y extendió los brazos. Mirando a Mara empezó a hablar en un idioma que yo no entendía. Se acercó a nosotros y se paró delante de Mara empezando a agacharse cuando ella extendió el brazo dejando la palma de su mano frente a su cara.

—Smiri strasti. —le gruñó con el ceño fruncido.  Me señaló y comentó algo en el mismo idioma que había estado usando él. Algo que hizo que el capullo me mirara y se riera.

        Él dijo algo. Ella dijo algo. Yo no me enteré de nada y cuando quise darme cuenta Mara le había dado las llaves de su casa al tío y este sacaba una maleta del maletero del Porsche y entraba en el portal.

        Mara se giró hacia mi suspirando y se pasó una mano por el pelo.

—Ese es Luka. Es un amigo. Bueno, algo así. Salimos juntos un tiempo, le conocí en una timba de póquer en Varsovia. Ha venido unos días por un asunto de trabajo y me ha pedido que le deje le sofá. Y bueno. Eso. —comentó, traduciéndome de manera acelerada la conversación. —No te molesta, ¿no?

        Me molestaba. No porque fuese guapo y tuviese un Porsche, aquello solo me daba envidia. Sino porque tenía pinta de ser el tipo de capullo que te saca de fiesta, te emborracha y vende tus riñones en el mercado negro.

—No, ¿por? —pregunté fingiendo el mejor tono de extrañeza que pude manejar.

—Ah. No, por nada.

        Se puso de puntillas para darme un beso. Luego me dio las buenas noches y entró en su portal. Y yo me pasé todo el paseo de vuelta a casa intentando convencerme de que la mala espina que me daba ese tío eran solo celos.

        Al llegar a casa google lo único que había medio entendido de la conversación. “Smiri strasti”. El traductor me lo devolvió al segundo: “Cálmate, zorra.”

        Sentí como parte del peso que tenía en el pecho se aflojaba y no pude evitar sonreír. Apagué el móvil para ponerlo a cargar y me metí en la cama. No me dormí hasta las cuatro de la mañana. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Capítulo 15:


        Como todo adolescente de diecisiete años, había tenido conversaciones incómodas con mi madre. Estaba la de cómo se hacen los niños, la de no pasa nada porque no se te den tan bien los deportes como a otros niños porque eres especial, la de “no, no te vas a quedar ciego por masturbarte, pero gastas todo el agua caliente”…

        Sin embargo la de aquella noche las superó a todas con bastante.

—Señorito. Tenemos que hablar. —y mi madre nunca me llamaba señorito y solo decía “tenemos que hablar” cuando yo había hecho algo tremendamente horrible.

        Me senté en el sofá rezando para que se hubiera vuelto ciega o estúpida y no se fijase en mi ropa empapada. Y para que no gritara, porque ya me daba vueltas todo el salón.

— ¿Sí, mamá?

        Me fulminó con la mirada, porque yo nunca la llamaba mamá y los dos sabíamos que era chantaje emocional barato.

—Hoy mi jefe me ha llamado a su despacho para felicitarme.

— ¿Y eso no es bueno? —pregunté, cuando en realidad quería decir “¿Cómo implica eso que yo haya asesinado a alguien y quemado su cadáver delante de una guardería?”

—Sería bueno si no me hubiese llamado para felicitarme porque su hija no hace más que hablar de ti. De tu “arte” y tu “revolución”. —comentó con una sonrisa. Y yo sentí que se me helaba la sangre en las venas. —En primer lugar quedé como una imbécil y una madre de pacotilla cuando tuvo que explicarme de qué revolución hablaba. Luego me enseñó ese blog en el que muestras orgulloso obras de vandalismo público.

        Esperé unos segundos en silencio con la cabeza gacha. Porque sabía lo que venía. Todo hijo sabe lo que viene en ese momento.

— ¡¿Tú te crees que yo tengo dinero para pagar una multa por destrucción de mobiliario urbano?! ¡Me mato a trabajar para poder manteneros a tu hermana y a ti y compraros todos los caprichos que se os ocurren y así me lo pagas! —gritó levantándose. Porque en las discusiones, cuanto más gritas y más alto eres, más razón llevas. —Claro, malas compañías no son, porque tú nunca has tenido compañías de ningún tipo. ¡Son los genes de tu padre! ¡Eres igual que él!
        Y claro, cuando te comparan con un hijo de la grandísima puta que dejó embarazada a una chica seis años más joven que él y luego se desentendió del asunto, apareciendo solo de vez en cuando para pedir dinero… pues no.

— ¡Pues al menos eso no será culpa mía, porque yo no escogí acostarme con un capullo que sabía que no quería nada conmigo!

        Me abofeteó. Y mi madre nunca me había abofeteado, pero esa vez me lo esperaba.

—Te libras de un castigo que exceda los límites de los derechos humanos porque me han subido el sueldo. —escupió con frialdad. Y a mí se me clavó en el pecho esa sensación punzante de cuando acabas de decepcionar a la persona que te dio la vida.

        Se volvió a sentar en el sofá y cuando levanté la vista me di cuenta de que mi madre estaba llorando.

—No has pasado la noche con Lucas. Ha sido esa chica, ¿no? Por la que te pusiste traje el otro día.

—Mamá no…

—No te atrevas a mentirme. No ahora. Ya nunca me cuentas nada. Antes me contabas las cosas, y ahora no sé que mi hijo se dedica al vandalismo urbano y que tiene novia.

—Mamá, ¿Quieres café?

—Por favor.

        Hice café para los dos y nos sentamos un rato en un silencio incómodo. Luego le hablé de Mara, y de cómo el blog había sido una idea para impresionarla. Pareció calmarse un poco cuando le expliqué lo del movimiento cultural y todo eso.

        Omití la parte en la que le había dado alcohol a un menor de edad repetidas veces, las fiestas ilegales etc. Porque pretendía salir de casa algún día antes de cumplir cuarenta años.

        Ella lloró y me dijo que se notaba que la quería. Que se me iluminaban los ojos cuando hablaba de ella y que parecía una chica estupenda. Yo me callé que si la conociese probablemente pensaría que estaba loca y no me dejaría volver a juntarme con ella en la vida. Porque no venía a cuento.

—Félix. Quiero que entiendas que solo te libras de esta porque no ha habido consecuencias negativas y porque todos hemos hecho tonterías por amor. Dios sabe que yo las he hecho. —por un momento pensé que me había librado, que eso sería todo. Que a mi madre le daría igual que estuviese cometiendo actos ilegales y no tuviese la mínima intención de parar y que yo saldría bien parado de esa. —Invita a Mara a cenar en casa este viernes.

—No se si podrá.

—Félix, si no quieres que el resto de tu vida hasta la mayoría de edad se limite a ir al colegio y volver derechito a casa, podrá venir el viernes.

—Vale mamá. Te quiero.

—Y yo a ti, cariño.

        Se vistió y se fue a la compra, y yo me habría ido a la cama pero cuando salí de la ducha ya se me había pasado la resaca y no tenía sueño.

        Mi hermana entró en mi habitación en pijama, todo amor y coletas y se sentó a mi lado en la cama. Me dejó un libro de Harry Potter encima de las piernas y se puso cómoda sin decir una palabra. Tampoco hacía falta, yo ya sabía que había escuchado la conversación entera.

        Abrí el libro por la página por la que estaba marcado y empecé a leer. Llevaba poco más de un capítulo cuando mi móvil sonó en la mesa del escritorio. Mi hermana lo cogió y leyó el mensaje en voz alta.

Mara: Tu madre va a odiarme. Todas las madres me odian, hasta la mía. Bueno, la mía me quería. Pero la tuya va a odiarme. ¿Qué me pongo? ¿Qué llevo? ¿Le gustan los bizcochos? Déjalo, no sé hacer bizcochos. ¿Le gusta el vino? No puedo darte vino, eres menor. Agg. ¿Le gustan los bizcochos? Te odio. Tu madre va a odiarme.

—La verdad es que sois bastante monos los dos. ¿Cuándo venga puedo hacerle coletas?

—Lo dudo, es una malota. Pero pregúntale a ella.

—El viernes. —sonrió mi hermana volviendo a tirarse en la cama. —Tengo unas gomas con brillitos preciosas. Sigue leyendo.

        Y yo prefería leer que pensar en si mi madre iba o no a odiar a Mara y en si nos gustaba o no el bizcocho, así que le quité el móvil a mi hermana, contesté el mensaje y seguí leyendo.

Félix: compra vodka y lencería, somos unos cabrones inmorales y pro-abortistas.

        No leí su respuesta hasta un rato después, cuando mi hermana me quitó el libro porque quería ver una peli de dibujos animados en la tele y se fue de mi habitación dejándome sin nada que hacer.

Mara: Eres gilipollas. Esto me pasa por liarme con críos de instituto. Tu madre va a odiarme. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Capítulo 14:


        Todo pareció asentarse y encajar. Como cuando recoges las piezas del puzle que se te cayeron bajo la mesa y las colocas. Cuando puedes ver la imagen completa.

        Si pensaba que antes Mara me había dejado entrar en su mundo, desde luego me equivocaba. La primera semana que estuvimos saliendo, me caí de cabeza en un charco que solo había mirado de lejos.

        Dicen que dos personas que viven en la misma ciudad, pueden estar viviendo en dos ciudades completamente distintas. Es una de esas frases que Lucas lee en algún sitio raro por internet y comenta en clase de filosofía para que a la señorita Suarez se le coloreen las mejillas y sus notas suban mágicamente.

        En menos de un mes me llevó a una timba de póquer ilegal, a una discoteca construida en una boca de metro clausurada, a un bar con aspecto antiguo que ponía jazz clásico y unos cócteles de vicio… Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue cuando me mandó un mensaje citándome en la puerta de la catedral que había junto a la playa.

        Eran las seis de la tarde y seguía haciendo demasiado frío como para salir sin abrigo, pero cuando llegué ella solo llevaba un vestido y una cazadora de cuero. Me saludó con un beso en la boca que estoy seguro me dejó manchado de pintalabios y me cogió de la mano.

        Entramos por una verja que daba al lateral de la iglesia, a una pequeña plaza con nichos y una fuentecilla. Caminamos hasta la parte de atrás, donde una escalera de piedra parecía enroscarse hasta el tejado.

—Mara…

—El párroco era amigo de mi madre, me deja vía libre. ¿Estás tranquilo ya?

        Sonreí y la seguí. Las escaleras desembocaban en un tejado de piedra junto a la torre del campanario. Podía verse todo el paseo marítimo, y había una manta extendida en el suelo, una caja de pizza y varias botellas llenas de alcoholes diversos.

— ¿Me has traído aquí para emborracharme y aprovecharte de mí? —la acusé fingiendo estar ofendido. — ¿A una iglesia? Esto excede los límites de la perversión, señorita.

—Oh por Dios, cállate y siéntate.

— ¿Me prometes que me respetarás por la mañana?

        Me pegó con el bolso y se sentó sobre la manta de cuadros. Abrió la caja de pizza y me pasó una botella. Jack Daniels, creo recordar. Así que nos emborrachamos y comimos pizza en el tejado de una iglesia. O catedral. Lo que sea.

        En algún punto Mara puso música con su móvil y yo empecé a ser incapaz de controlar mi risa tonta. Pero ya no tenía nada de frío y estaba seguro de que si me quedaba inconsciente Mara se las arreglaría para llevarme a casa.

        Me tumbé apoyando la cabeza sobre el gurullo que era la chaqueta de Mara y me estiré crujiendo la espalda. Mara gateó hasta mi lado riéndose y tropezando con una botella por el camino.

        Se inclinó y su pelo formó una cortina a ambos lados de mi cabeza. Y era tan negro como el cielo. Cuando me besó, su boca sabía a licor de manzana y a café. Sonaba una canción de The XX y yo no recordaba haber estado más cómodo en mi vida.

        Mara se quedó dormida con la cabeza apoyada sobre mi estómago y yo nos tapé como pude con mi abrigo, que no daba para tanto ni de risa. Y nos despertamos a eso de las seis de la mañana cuando empezó a llover, el móvil de Mara sin batería y con un dolor de cabeza importante.

—Deja, ya lo recogeré mañana. —me cortó cuando intenté recoger el estropicio de la noche anterior.

        Me cogió de la mano y corrimos mojándonos hasta una cafetería abierta frente a la playa. Sin tropezar a pesar de la resaca y el agua. Nos tomamos un chocolate caliente y luego Mara me llevó en coche a casa.

        Subí sonriendo y estornudando. Con un dolor de cabeza terrible y el pelo empapado. Cuando abrí la puerta y vi a mi madre sentada en el sofá en albornoz se me quitó la sonrisa de golpe.

—Señorito. Tenemos que hablar. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Capítulo 13:


        La hoja de papel era una lista de canciones. Todas pop y todas buenas. Casi ninguna era del siglo XXI, pero no me importaba mucho.

        Me pasé la siguiente semana mandándome mensajes con Mara básicamente a todas horas. Jugábamos a un juego de preguntas parecido a “verdad o atrevimiento” pero sin atrevimiento. Porque esa clase de cosas a través del móvil son difíciles.

        Era curioso como parecía incapaz de cansarme de ella. Me bebía cada nueva información sobre ella como si llevara siglos en el desierto y ella fuera maná divino. Y nunca dejaba de sorprenderme.

        Desde que… ¿salía? ¿Quedaba? ¿Me relacionaba? Con ella me notaba cambiado. Antes era mucho más tímido. Antes pensaba antes de hacer las cosas. Pero desde que la conocía, era como si un candado autoimpuesto se hubiera hecho pedazos. Así que cuando quería saber algo, le preguntaba. Y cuando quería quedar, se lo decía.

        Y supongo que eso le gustaba, porque la notaba… relajada. Ya no parecía pensar que era TAN idiota como al principio. Y no parecía tener pensado volver a abofetearme o a llamarme “príncipe azul”. Incluso Teresa había firmado la paz conmigo. Y resultaba que cuando no estaba intentando ser intimidante era incluso agradable.

        Cualquiera pensaría que ya estaba enamorado. Quizás desde el día que la conocí. Pero personalmente, cuando me preguntan por el momento en que me enamoré de ella siempre hablo del 10 de Febrero.

        Era sábado y yo no tenía nada que hacer porque Lucas tenía un estúpido partido de baloncesto fuera de la ciudad y no me apetecía quedar con ningún compañero de clase.

        Así que cuando Mara llamó con la voz temblorosa, mi único plan para el día era irme con la bici a hacer alguna pintada nueva con la que actualizar el blog. Que tenía para entonces un sorprendente número de seguidores y comentarios.

—Félix, ¿tienes algo que hacer hoy?

        “Oh, bueno, iba a hacer algún graffitti con frases de algún poeta célebre que por supuesto conoces mejor que yo para intentar que pases por alto que soy dos años menor que tú y tengo el interés de una marmota.”

—No. ¿Por? —respondí sonriendo ante mi propio pensamiento. Realmente me sentaba mal quedar con ella.

— ¿Podrías hacerme un favor?

        Ni siquiera pregunté qué favor antes de decir que sí.

—Claro.

— ¿Puedes venir a cenar a casa de mi padre hoy?

— ¿Contigo?

—No, tú solo, gilipollas.

        Mordí una sonrisa de lado negando con la cabeza.

— ¿A las nueve te va bien’

—Genial. Ven de traje.

        Tenía un solo traje, que mi madre había comprado para mi graduación en Enero porque estaba de oferta. Tuve que coger prestada una corbata de mi padre, de las que mi madre todavía guardaba en uno de los cajones de su armario. Y antes de salir de casa no pude librarme de los silbidos de mi hermana y de mi madre sacando doscientos trillones de fotos.

        Cuando estaba entrando en el ascensor me gritó que usase protección y que quería conocerla si íbamos “Tan enserio”. En el autobús me miraron como si fuese gilipollas. Me iba acostumbrando, no pasaba nada.

        Mara ya estaba en el portal cuando llegué. Llevaba un vestido granate y zapatos de tacón alto. Y seguía siendo más bajita que yo, pero era muy gracioso como pareció cabrearse al notarlo.

        En cuanto arrancó el coche empezó a sonar una de las canciones de la lista que me había pasado. “Tell Him” de Vonda Shepard. Y se puso roja, pero no quitó la canción.

        La casa del padre de Mara era una casa de campo enorme a las afueras. No era un chalet. Era como dos chalets. Uno al lado del otro. Y con otro encima. Nos abrió la puerta un mayordomo con esmoquin y nos llevó a un comedor, donde había una mesa con más cubiertos de los que yo sabía que existían.

        El padre de Mara era tal cual lo recordaba. Tenía el pelo castaño engominado hacia atrás y esta vez pude fijarme en sus ojos. Casi tan azules como los de Mara. Pero era un azul desvaído.

Su madrastra, era rubia. Llevaba un vestido demasiado corto y demasiado apretado. Y sonreía todo el rato enseñando los dientes.

        La comida estaba rica, pero se me atragantaba cada vez que el padre de Mara abría la boca. “¿Y qué dices que estudias?, así que diecisiete años… ¿Cuáles son tus planes para el futuro?, ¿Tienes pensado cortarte el pelo, hippie?”

— ¿No es súper gracioso que intentes de hacer de padre de alguien que vivió dos años en la calle antes de que te obligaran a comprarme un piso? —comentó Mara al aire antes de meterse una rodaja de carne en la boca.

        Y juro que me costó todo el autocontrol del mundo no escupir el vino que tenía en la boca. Pero desde luego la cara de su padre valió la pena.

        Fue en ese momento cuando entró la abuela de Mara, Maribel. Era una señora mayor, bajita y muy delgada. Tenía el pelo blanco larguísimo recogido en una trenza. Llegó desde la cocina con un plato de sopa y se sentó en la única silla vacía de la mesa sonriéndonos a todos.

—Tú debes de ser Félix. —saludó pellizcándome una mejilla. — ¡Ahora entiendo por qué traes a mi nieta de cabeza, guapetón!

        El padre de Mara sonrió y se dedicó a ser amable toda la cena. Y yo me relajé en la silla y me dediqué a reírme al ver como Maribel hacía que Mara se pusiera roja. Quizás aproveché para picarla un par de veces. Cuando nos acompañó a la puerta, el padre de Mara le dio doscientos euros y le dijo que si cenaba con ellos en Navidad le daría quinientos.

        No pregunté de qué iba todo el asunto del dinero, pero ella me lo contó en el coche. Al parecer, cuando la abuela de Mara obligó a su hijo a hacerse cargo de su hija o a no recibir herencia, Mara pasó de él. Cuando finalmente cedió, su padre no solo tuvo que comprarle un piso, sino que le daba dinero cada vez que aceptaba cenar con ellos para que la abuela estuviera tranquila.

        Mara me llevó a casa, y se bajó del coche para acompañarme a la puerta.

—Ha sido la cena más agradable que he tenido nunca con mi familia. —comentó estirando la mano para juntarla con la mía. —Gracias.

        No sé muy bien cómo fue que pasó. Y la verdad es que fue demasiado rápido como para analizarlo en profundidad, pero se puso de puntillas y me enganchó de la camisa tirando para inclinarme. Y me besó. Ella a mí.

—No quiero acostarme contigo y no volver a verte nunca. O sea, quiero acostarme contigo, claro que quiero. Joder, eres… Pero vaya, que quiero seguir viéndote. Todos los días. —dije lo más rápido que pude cuando se separó de mí.

—Lo sé. Yo también quiero.

        Subí a casa cinco minutos después. Con la corbata en la mano, algo de la barra de labios de Mara en la mejilla y novia. NOVIA. No amiga con derechos ni rollo de una noche. NOVIA.

        Y era ella. 

martes, 12 de febrero de 2013

Capítulo 12:


        Me desperté con el sonido de una risa al lado del oído. Abrí los ojos medio dormido y me encontré a Mara apoyada sobre uno de sus codos, mirándome muerta de la risa.

— ¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté soñoliento.

        Ella volvió a reírse antes de contestarme.

—Llevo despierta como… 5 minutos. Y tú llevas por lo menos ese tiempo babeando. —comentó. Y con la luz del sol dándole de golpe sus ojos parecían todavía más azules que de costumbre. —No te lo tomes a mal, sé que soy increíblemente atractiva. Pero podrías controlarte un poco, ¿sabes?

        Me llevé una mano a la boca de manera perezosa y comprobé que tenía razón. Levantándome de golpe para maniobrar metí la mano en mis vaqueros en busca de un pañuelo de papel,  haciéndola caer hacia atrás y rodar por el suelo. Todavía muerta de la risa.

        Me limpié los restos de saliva sin conseguir que dejara de reírse, despatarrada por el suelo. Se quedó mirándome con una sonrisa cómoda mientras se enroscaba en las mantas, que sobresalían bastante del colchón.

—Hay una bandeja con café y galletas en el escritorio. Podías traerla si tienes intención de andar rodando por mi habitación. —comentó distraídamente mientras se estiraba sobre la pila de almohadas que tenía tiradas a la cabecera de la cama.

        Me puse de pié y recogí la bandeja, con dos tazas de café, una jarra con leche, un azucarero, galletas y un sobre de caco en polvo. Mientras la llevaba hacia el colchón para posarla me reí.

— ¿Cuánto tiempo dices que llevas despierta? —pregunté incrédulo.

—Bueno, despierta igual llevo una hora. Pero despierta y aquí arriba cinco minutos.

        Dejé la bandeja encima de las almohadas y me fijé por primera vez en la “pared” delante de mí. Mara tenía razón. Era la leche.

        El sol golpeaba el cristal del invernadero desde la pared del escritorio, así que desde donde estábamos podíamos verlo todo iluminado sin ningún reflejo.

        Al ser el edificio más alto de la zona, podían verse los tejados de todas las casas de alrededor, sus chimeneas y claraboyas. Más allá del barrio antiguo, hacia la derecha, se veía la playa y un pedacito del restaurante del puerto. Y hacia la iglesia, las torres de la catedral del paseo marítimo tenían las campanas a nuestra altura.

        Era una sensación extraña. Porque te sentías enorme allí arriba, viéndolo todo. Pero también te sentías diminuto. Como si no fueras más que otra pieza del entorno. Como si encajaras en el cuadro general.

—Primero los Beatles y ahora esto. Para que digas que nunca te enseño cosas bonitas.

        No pude evitar sonreír mientras la miraba. Tenía el pelo negro despeinado, y los ojos soñolientos. Y la camiseta no era lo bastante larga como para evitar que se le vieran las piernas increíblemente blancas y las bragas de…

— ¿Snnopy? ¿En serio? Bueno, sí que me enseñas cosas bonitas. —comenté riéndome.

        Me pegó un manotazo en el hombro y se estiró boca abajo echando mano de una de las galletas y llevándosela a la boca.

        Pasamos la mañana tirados en su cama, con la vista perdida en la ciudad. Casi no hablamos, pero creo que a ninguno nos apetecía. Estábamos bien, era cómodo. Yo estaba perdido pensando en todas las casas que se veían desde allí arriba. En todas las vidas de todas las personas que separaban la habitación de Mara del mar.

        Sonreí pensando que estaba empezando a volverme tan loco como ella.

      Hacia el mediodía, cuando me fui a comer. Mara me dio un beso en la mejilla. Me puso en una mano la bolsa de basura para que la bajara, en la otra una hoja de papel doblada.

        Esperó en la puerta hasta que entré en el ascensor. Y yo no podría haber estado más contento ni podría haber sonreído como si fuera más gilipollas. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Capítulo 11:


        Se lo comenté a Lucas a la mañana siguiente, cuando los dos estábamos pintando otra de las frases en una pared del centro. Primero me dio una colleja gruñéndome “¡Los Beatles, mamón!”.

        Hicimos la foto y él se puso a subirla en el blog mientras yo intentaba quitarme la puñetera pintura de las manos. Él quedó de pasarse a las 9:30 llevando cerveza y yo me largué a casa a estudiar para mi examen de historia del lunes.

        Me duché y me cambié 3 veces la camisa. Me puse colonia, loción para después del afeitado y todas las movidas que se me ocurrieron. A las 4:00 estaba listo y tirado en la silla de mi cuarto mirando mis apuntes sobre la dictadura de Primo de Rivera sin ver nada realmente.

        A las 5 en punto estaba llamando a su puerta con una bandeja de pasteles que me había pedido que pillara por el camino. Y nos sentamos en su salón, que tenía más muebles que otros días y me enseñó “El pop bueno que no conoces porque eres un cretino”. Y me gustó.

        Nos reímos tirados en su sofá, al que empezaba a acostumbrarme, y comimos pasteles. Escuchamos a los Beatles y le concedió un punto positivo a Lucas por haberme dado una colleja.

        Lucas y Teresa llegaron a las 9:30 justas. Juntos. Según abrí la puerta salían del ascensor riéndose a carcajada limpia. Le miré a los ojos intentando que me contestara, pero Teresa me dio un puñetazo en el hombro pasando a mi lado por la puerta y gritándole algo a Mara.

—Tío, ¿Qué cojones? Es una loca peligrosa.

        Lucas rodó los ojos y me puso un pac de cervezas en las manos.

—Es una loca peligrosa que está muy buena. Eh, y soy un cielo. —comentó riéndose mientras me guiñaba un ojo y se largaba hacia la cocina dejándome con cara de gilipollas en la puerta.

        Cenamos pizza acoplados en los sofás y no paramos de reírnos y Teresa solo me lanzó una mirada amenazante una vez, por lo que considero la noche un éxito personal.

        Reconozco mas impresionado que avergonzado que nos dieron una paliza. Lucas y yo no ganamos ni una partida a nada. Perdimos hasta en el FIFA. Una humillante vez tras otra. Y ellas se rieron, y no dejaron pasar ninguna oportunidad para ponernos a parir. Pero fue divertido.

        Hacia las 12 Teresa se ofreció a acercar a Lucas hasta su casa y yo llamé a mi madre diciéndole que me quedaba a dormir en casa de un amigo. No preguntó de cual, tampoco es como si tuviera muchos.  

        Mara y yo nos quedamos despiertos hasta cerca de las dos de la mañana porque ponían Pulp Fiction y eso es algo sagrado. Cuando acabó Mara guardó lo que quedaba de helado en el congelador y salimos a la terraza.

— ¿Vas a congelarme para luego tirar mi cuerpo por la barandilla? Solo es un 12, me encontrarían casi entero. —comenté viéndola sacar un cigarrillo de la pitillera plateada que descansaba encima de una mesilla de jardín.

—Dime que no fumas. —suplicó mirándome mientras se ponía el cigarrillo en la boca y lo encendía con una cerilla.

—No fumo.

—Chico listo. Más que yo, por lo menos.

        Le sonreí y ella me sonrió de vuelta. Y nos quedamos allí en su terraza, desde la que se veían todas las lucecitas del casco antiguo brillando. Me incliné sobre la barandilla y me fijé en el graffiti que había justo en frente de su portal.

—Miré el blog que me pasaste. Muy interesante el tío ese. Se ve que sabe lo que hace.

        Mara se rió apoyando la espalda contra las ventanas que daban a su salón.

—No sabe hacer graffitis. La pintura siempre está algo corrida y se ve que no usa plantillas. Pero hace arte y eso es lo que cuenta, ¿no?

        Se acabó el cigarrillo mientras discutíamos si “el tío ese” era o no un artista. Tiró la colilla en un cenicero y trepó por una escalerilla metálica que llevaba hacia la azotea.

        En la parte de arriba me quedé con la boca abierta mirando un invernadero. Las paredes eran de cristal, y la iluminación venía tan solo de lamparillas de mesa colocadas estratégicamente en el suelo.

        El suelo estaba completamente cubierto por varias capas de alfombras que no estaban conjuntadas. En la parte de la derecha había un colchón sin somier y por lo menos 15 almohadas. En frente había varios armarios y una estantería llena de libros.

        Entró y encendió uno a uno los calefactores que había repartidos por la… habitación. Antes de tirar sus vaqueros por algún lado del suelo y meterse en la cama tapándose hasta la barbilla con el edredón.

—¿Vienes o qué? —preguntó volviendo a mirarme como si fuera idiota.

        Yo entré y cerré la puerta. Y me fijé en las cortinas que había repartidas por toda la estructura. Me descalcé y me metí en la cama con vaqueros y camiseta.

        Mara me abrazó apoyando la cabeza en mi pecho y yo me fijé en el techo de cristal y en lo negro que parecía el cielo.

—No tengo muy claro como de socialmente aceptable es lo que voy a decir, pero si esto te parece muy de calientapollas puedes dormir en el sofá. A mí me da igual. Te traje porque ver amanecer desde aquí es la leche.

        Y podría sonar ofensivo. Pero realmente no era de calientapollas, porque hacía frío y ella estaba calentita y había dejado más que claro que no quería nada conmigo. Y porque quería enseñarme algo que a ella le gustaba. Estaba compartiendo cosas conmigo. Estaba dejando que la conociera.

        Estaba haciendo algo bien.

— ¿Quieres callarte? Algunos queremos dormir.

        No la vi sonreír, pero sé que lo hizo. Me crují el cuello, cerré los ojos y me concentré en el olor a limón y a incienso que parecía llegar de todas partes.