viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 22:

        Salí corriendo a mi habitación, pasé por encima de Lucas sin prestar atención a dónde pisaba y con qué tropezaba. Me lancé a mi cama y recogí mis vaqueros de la noche anterior para sacar el móvil.

        Dieciséis llamadas perdidas de Mara. Una de Luka y una de Javi. Siete mensajes de Whatsapp. La madre que me parió, dieciséis llamadas perdidas de Mara.

        Le di a re-llamada antes que nada y me quedé allí tirado mirando al techo mientras esperaba no haberlo jodido todo.

— ¿Se puede saber qué narices te ha pasado? —preguntó la voz de Mara al otro lado de la línea. Y el tono de voz denotaba claramente enfado, preocupación, ira… Pero aun así a mí me invadió una ola de tranquilidad. Porque era la voz de Mara.

—Luka tuvo un problema con un tío, tenía mala pinta, ¿vale? No sé, me dio mala espina y fui a echar un ojo para comprobar si todo estaba bien. Lo siento, debería haberte llamado. No me di cuenta. —le solté dudando aún sí decirle cómo se había resuelto todo o no. —No intento excusarme, pero te debo una explicación.

        Hubo un silencio al otro lado de la línea, mientras Mara dudaba. Y era tan tangible que me sentí como si estuviera esperando una sentencia judicial. Como si una parte importante de mi vida estuviera siendo decidida por otros en aquel mismo momento.

—Puedes explicármelo mientras tomamos café. —decretó al final.

        Acordamos la hora y el sitio, y una vez que colgó yo sonreí como un idiota. Lucas se desperezó estirándose en su cama y me tiró una almohada a la cabeza.

—Deja de sonreír como un enamorado. Me pones enfermo. —gruñó metiendo la cabeza debajo de la almohada intentando evitar la luz que entraba por la persiana que no habíamos bajado la noche anterior.

        Supongo que la elección de palabras me habría chocado en aquel momento si mi cerebro no estuviese ya bastante ocupado intentando procesar que había matado a un tío y que tenía que explicárselo a Mara.

        Pero pasó por un filtro extraño en mi cerebro y se fundió con el resto de información relativamente conocida del día. Tenía hambre, debería ponerme a estudiar para los finales en algún momento y estaba enamorado de Mara. Nada nuevo.

        Nos levantamos. Mi madre y mi hermana estaban en el salón, desayunando cereales mientras veían dibujos animados. Saludamos y entramos en la cocina, donde hice lo más parecido a un desayuno decente que fui capaz de conseguir en el estado en que estaba.

        Desayunamos, Lucas se fue a su casa, yo recogí mi habitación. Me senté en mi escritorio delante del libro de Filosofía esperando que la información se me quedase por ciencia infusa y comimos. Me duché, me eché desodorante tres veces y me vestí.

        Mientras iba por la calle la cabeza no dejaba de darme vueltas. Estaba sudando y no sabía qué hacer con las manos. En momentos como ese realmente me tentaba la idea de empezar a fumar. No por la pose de malote ni por el aura de clase que dan los cigarrillos, sino por tener algo que hacer con las puñeteras manos.

        Mara me había dado la dirección de una cafetería en el paseo marítimo. Era pequeña, las paredes eran de ladrillo visto, en tonos grises, y estaban llenas de fotografías clásicas en blanco y negro. Había un montón de pequeñas lámparas esparcidas por el local y las mesas de cristal estaban rodeadas por sofás de color beige.

        Entré y me senté debajo de la foto del marinero besando a la enfermera y me removí en mi sitio mirando por la ventana. Una camarera con gafas de pasta y camisa de cuadros se paró delante de mí, enseñándome sus brackets azules al sonreír.

—Hola, ¿ya sabes lo que quieres? Tenemos unos tés estupendos.

—Café negro, gracias.

        No me molesté en intentar sonreír y parecer un tío educado. Estaba lo bastante preocupado como para que cualquier intento de sonrisa que hiciese en ese momento pareciera perturbador. Cuanto menos.

        Se fue y me trajo el café, quedándose alrededor más tiempo del necesario. Saqué el móvil y miré twitter, cargando la pantalla una y otra vez aunque sabía que no había nada nuevo.

        La puerta se abrió haciendo que levantara la cabeza. Mara llevaba un vestido largo de flores, y bailarinas. Tenía el pelo revuelto, como si hubiera pasado mala noche y por la mañana estuviera demasiado distraída como para peinarse.

        Me puse de pie y nos quedamos mirándonos en silencio. Parecíamos desconocidos desincronizados. Todas las tardes que habíamos pasado en su piso, moviéndonos tentativamente el uno alrededor del otro. Conociéndonos… Parecían haber desaparecido.

—Yo…

—Siéntate.

        Hablamos al mismo tiempo, pisándonos las palabras el uno al otro. Hablamos aunque ninguno de los dos quería decir nada. Porque en el fondo, tampoco queríamos que el otro lo dijera.

        Se sentó en la silla en frente de mí, sin quitarse la cazadora vaquera y dejando el bolso en su regazo. La camarera se acercó y Mara pidió una Coca-Cola antes de que pudiera sugerirle la carta de tés.

 — ¿Y bien? —preguntó mirándome a los ojos. Sé que ya os he dicho lo azules que son sus ojos, pero tengo que deciros lo tristes que parecían en aquel momento. No eran de color azul, eran del color que el mar tiene para la viuda de un pescador. Eran los ojos de una persona acostumbrada a que le quiten cosas, una persona que sabe que le van a quitar algo.

—Avisé a Eric y seguimos al tío que había visto discutir con Luka en la fiesta. Cuando llegamos al puerto estaban forcejeando. El tío sacó una pistola y apuntó a Luka. Eric se lanzó contra él, él sacó otra pistola…

—Y tú cogiste la primera y le disparaste. —terminó ella echándose hacia atrás en su silla. La camarera dejó un vaso con la Coca-Cola de Mara y volvió a marcharse a la barra. Supongo que mi cara de gilipollas se lo dijo todo, porque siguió hablando sin esperar a que se lo confirmase. —Luka me llamó hoy por la mañana. Unos cinco minutos después de que me llamaras tú. Tenía la esperanza de que no me lo hubieses contado y de que fuera a dejarte por ello.

        Tenía los hombros tan tensos que un soplo de viento me habría hecho pedacitos. Metafóricamente. O no. Estaba la hostia de nervioso.

—Sabía que era un cabrón, ¿sabes? Lo sabía desde el primer momento en que le vi.

        Levantó la vista de su Coca-Cola con lentitud y me miró a los ojos. Y en ese momento no era la Mara que yo conocía. Era al mismo tiempo una niña asustada y una vieja cansada.

        Supongo que lo supe antes de que lo dijera. Pero eso no aminoró el golpe.

—No voy a dejarte por eso. —dijo aguantándome la mirada un momento antes de volver a bajarla a las manos entrelazadas en su regazo.

        Y “no voy a dejarte por eso” no significa “no voy a dejarte”. Y no es que no me hubieran dejado antes, pero es que era Mara. Y que Luka hubiese tenido razón solo lo empeoraba todo.

—No puedo hacer esto, Félix. Lo siento. No sabes cuánto lo siento. Pero no puedo hacer esto otra vez.

        Se levantó apretando el bolso tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Cuando levanté la vista, pensando que si era la última vez que la veía tenía que aprovecharlo, sentí que me moría. Porque quizás no estaba llorando, pero iba a hacerlo en cuanto me diera la espalda. En el momento en que dejara de contenerse iba a llorar. Y era culpa mía.

        Salió de la cafetería dejándome sentado solo en una mesa debajo de la fotografía de un marinero besando a una enfermera.

        No puedo decir que me quedara en shock y fuera incapaz de moverme. Me levanté y pagué las bebidas que ninguno de los dos nos habíamos bebido antes de salir por la puerta y empezar a andar.

        Aunque tenía un nudo en la garganta y un dolor difícil de explicar en el pecho, no estaba en shock. No estaba destrozado. No estaba roto. No estaba histérico. Probablemente porque habían pasado demasiadas cosas en las últimas veinticuatro horas y yo todavía no asumía que Mara me había dejado.

        Caminé y caminé sin tener ni idea de a dónde iba. Rodeé la iglesia de la playa y me senté con las piernas colgando por debajo de la barandilla que evitaba que los peatones se cayeran a las rocas de esa zona de la playa.

        No sé cuánto tiempo estuve allí sentado en silencio. Mirando al mar y sin pensar realmente en nada. Escuchando su ir y venir y sintiendo que al mismo tiempo me curaba las heridas y me echaba sal en ellas.

        Una mano se posó en mi hombro en algún momento sacándome del trance. Ya había oscurecido cuando me giré y vi a un agente de policía mirándome con gesto preocupado. Tenía el pelo rubio y una barriga cervecera que me hacía dudar bastante de su capacidad de perseguir a un detenido a la fuga.

— ¿Estás bien, chaval?

        Me quedé callado. ¿Estaba bien? Físicamente no me pasaba nada, claro. Siempre había sido propenso a las alergias primaverales y tenía la tensión baja. ¿Y qué? Pero teniendo en cuenta que si en aquel momento me hubiera atropellado un coche no me habría importado una mierda, supongo que bien tampoco estaba.

—Chico, ¿estás drogado?

—Más quisiera. —repliqué sin tener en cuenta que estaba hablando con un policía que podía interpretar eso como que habitualmente compraba droga o como una falta de respeto digna de una noche de calabozo.

        Se pasó la mano por el pelo sin quitar el gesto paternal que estaba a segundos de darme arcadas y volvió a hablar.

—Acabo de terminar el turno, ¿qué te parece si te acerco a casa?

—Claro.

        Me dejó subir en la parte de adelante del coche de policía y me explicó para que servían todos los botones especiales. Supongo que yo debía de tener muy mala pinta si un policía de cuarenta años se molestaba en tratarme como a un niño pequeño.

        Cuando llegamos a mi casa el policía, Carlos, me dio una tarjeta y dijo que si algún día me metía en líos, podía llamarle.

        Subí a mi casa y pasé por el salón intentando ignorar el programa de cotilleos que le estaba fundiendo el cerebro a mi madre. Entré en mi cuarto, cerré la puerta y me dejé resbalar contra ella hasta llegar al suelo.


        ¿No os había dicho que Luka era el principio del fin? Luka era solo el principio. 

domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo 21:

        Aquel era uno de esos momentos en que, cuando nos lo planteamos tirados en el sofá viendo la tele, todos creemos saber cómo reaccionaríamos. Pero realmente no lo sabemos hasta que nos vemos directamente en la situación.

        Yo soy un chico tranquilo. Nunca me he metido en peleas, nunca he buscado líos con nadie… Nunca he tenido que vivir situaciones límite ni que tomar decisiones importantes bajo presión y de manera brusca.

        Y nunca pensé que pudiera disparar a alguien. Nunca me creí capaz de atentar tan directamente contra la vida de otro ser humano. Nunca he podido entender cómo de fuera de si tiene que estar alguien para matar a otra persona.

        Ahora podría intentar excusarme hablando del calor del momento, del instinto de supervivencia, del miedo… Podría deciros que estaba en shock y no sabía lo que hacía. Esta es mi historia, así que podría incluso deciros que fallé el tiro y nunca sabríais la verdad.

        Pero lo cierto es que cuando levanté la pistola hacia el tío y apunté a su pecho, no estaba fuera de mi cabeza, y no fallé. Ni siquiera tenía miedo. Cuando apreté el gatillo era completa y absolutamente consciente de lo que hacía. Con esa claridad en que todo parece ir a cámara lenta y tú tienes todo el tiempo del mundo.

        El tío cayó sobre las baldosas del paseo como un peso muerto. Porque un tiro entre los ojos normalmente hace ese tipo de cosas a un cuerpo. Y Luka se llevó las manos a la brecha mientras echaba la cabeza hacia atrás, intentando no perder más sangre.

        Nadie dijo nada. Eric y yo nos quedamos mirándonos a los ojos en silencio. Con ese tipo de miradas que deberían decir muchas cosas pero en realidad no dicen ninguna. O que las dicen todas pero tú estás demasiado asustado porque acabas de matar a alguien como para fijarte en los detalles.

Lucas llegó caminando desde las escaleras que conectaban el puerto con el casco antiguo, y aunque teniendo en cuenta lo que tardó en entrar en escena era obvio que había visto la… pelea, no dijo nada. Con mucha tranquilidad y tapándose las manos con las mangas de la chaqueta rebuscó en la chaqueta del traje del tío, y sacó una cartera de cuero.

— ¿Cómo queréis llamarle? ¿Vicente, Manuel, Rodrigo, Elías…? Hay carnets falsos para escoger. —preguntó con mucha calma.

        Todo pasaba como si no pasase. Con ese tipo de ambientación de los sueños en que todo parece irreal. Aquello más que mi vida parecía un puto videojuego. Y yo estaba tan tranquilo que ya empezaba a acojonarme cómo reaccionaría cuando volviese a la realidad.

—Joder, joder, joder, joder. —masculló Eric llevándose las manos a la cabeza.

—Que no cunda el pánico. Félix, no estás fichado, ¿no?  —me preguntó Lucas poniéndose de pie. Yo negué con la cabeza. —Pues voy a meterle la cartera donde estaba. Que se apañe la poli identificándolo, para mi es Vince. Dame la pistola, pagando no será difícil que alguien se deshaga de tus huellas. Obviamente, no hace falta decir que el dinero no lo pongo yo, ¿no? —preguntó lanzándoles una mirada a Eric y a Luka, que asintieron en silencio.

        Hice lo que me dijo y, una vez arreglado, se echó al tío al hombro lo tiró en el agua negra del muelle.

—Alguien debe de haber llamado ya a la policía al escuchar el disparo, pero con un poco de suerte pensarán que fue alboroto de la discoteca. Eric y Luka van a ir al hospital y decir que las heridas de Luka son de una pelea. Entre ellos. Sin más testigos o participantes. Félix, tú mándale un mensaje a Teresa y dile que disuelva la fiesta. Y por Dios, no le contéis esto a nadie. —terminó de resolver limpiándose las manos al pantalón.

—No se lo voy a ocultar a Mara. —le corté antes de que Eric pudiera ayudar a Luka a levantarse.

—Tío, a mi me dejó por estar metido en negocios turbios. Que se lo cuentes y que te de la patada son todo uno. —aseguró Luka desde el suelo. Muy colaborador, el hijo de puta.

        Me contuve para no darle una patada en la cara diciéndome que no era momento. Que estaba sangrando y yo acababa de matar a alguien. Joder, yo acababa de matar a alguien.

—Pero es que yo no estoy metido en negocios turbios. TÚ estás metido en negocios turbios so hijo de perra. Yo estoy metido en un marrón como una casa porque mis amigos son retrasados y… ¿Por qué estamos discutiendo en lugar de largarnos antes de que llegue la poli? —pregunté de repente.

        Eric y Luka fueron caminando hasta la plaza del ayuntamiento, a coger un taxi para ir al hospital. Lucas y yo echamos a andar hacia el centro de la ciudad para alejarnos lo más posible del escenario. Yo le mandé el mensaje a Teresa y Lucas llamó por teléfono a un tío que vino a por la pistola.

—El dinero cuando esté limpia. Hay huellas, no hay pasta. ¿Capito?—le gruñó mientras se la daba. —Y nada de coñas, que sé dónde duermes.

        Yo lo observaba todo el segundo plano. Porque mi mejor amigo, el tío con el que había crecido, mi hermano en todo excepto la sangre, parecía haberse convertido de repente en el líder de una banda criminal sin que yo me enterara.

—¿Me lo vas a explicar o..?—pregunté bastante ofendido. Si esto era lo que se sentía ser dejado de lado de parte de la persona en la que más confiabas, lo que había sentido Lucas… Era una mierda.

—Voy a mandarle un Whatsapp a Javi diciéndole que nos hacemos un aguas para recuperar el tiempo perdido. Cuando me fui le estaba comiendo el morro a Lucía, así que no creo que se ralle. ¿Vamos a un pub y lo hablamos bajándonos un tequila?

— ¿Dónde quedó el café y el no emborracharse?

—Tío, son las once de la noche, si encuentras una cafetería abierta te doy una puta medalla. —me dijo riéndose mientras me pasaba un brazo por los hombros.

        Entramos en un pub del centro y nos sentamos en una mesa cerca del ventanal. La música era horrible, y en la pista de baile la gente se agitaba con algo de ritmo intentando bailar. La camarera, que tenía la falda muy corta y una camisa transparente que dejaba a la vista su sujetador de cerecitas, vino sonriendo y se inclinó regalándole a Lucas un primer plano de su escote.

— ¿Qué os pongo, chicos?

—Tequila, José Cuervo para mí y…

—Jack Daniels doble. —pedí con una sonrisa rápida. Una sonrisa de soy un chico normal y no he matado a nadie.

        Ella volvió a la barra y Lucas se giró en su sofá de cuero apoyando la espalda en la pared. Parecía cansado. No por la noche de fiesta sino por el peso de ocultar cosas durante demasiado tiempo. No era la cara de un crío de diecisiete años.

—Han echado a mi padre del taller de coches. Está con el paro, pero no nos llega. Mi madre sigue con las clases particulares mientras espera a que salgan oposiciones a profesora. Yo… quería ayudar.

        La camarera volvió y nos dejó las bebidas, la de Lucas con una tarjeta con su número. Yo pagué justo y ella se marchó contoneando las caderas.

—Ellos se pusieron en contacto conmigo. Yo… Al principio era trabajos pequeños, mensajería, tráfico, algún robo de poco nivel…  Luego al jefe le pareció que yo tenía madera y fui… ¿ascendiendo? Joder tío, no sé. —se bebió de un trago el primero de los tres chupitos de tequila que tenía en la mesa. —No te lo iba a contar. Pensé que te acojonarías. Que dejarías de hablarme. Porque… joder Félix, tú siempre has sido el calmado, el lógico, el tranquilo… Y ahora has matado a un tío.

        Le di un trago a mi whisky y esperé en silencio a que siguiera hablando. Parecía que últimamente eso era todo lo que hacía. Esperar en silencio a que la gente me contase sus historias. Tampoco me molestaba. Cuando vi que no iba a seguir hablando le puse una mano en el brazo para hacer que me mirara.

—Si te sirve de consuelo, yo tampoco te habría contado lo de… ¿Vince? Si no hubieras estado ahí.

        Él se rió agachando la cabeza y vació otro vaso de chupito.

—Somos una puta mierda de amigos. —comentó sonriendo. Y era una sonrisa cínica y cansada, pero ahora sí parecía un chaval de diecisiete años y no un hombre de cuarenta.

—Eh, el primer paso es reconocerlo. —levanté el vaso y él lo chocó tomándose su último chupito.

        Y yo pensé que quizás no éramos tan malos amigos. Porque nos sentíamos mal cuando llevábamos mucho tiempo sin vernos, y al leer alguna cosa graciosa el otro era la primera persona a quien queríamos mandársela y nos emborrachábamos juntos y estábamos ahí el uno para el otro. Y al final del día, son las cosas que haces las que cuentan. Las que callas no importan tanto.

        Al tequila y al whisky le siguieron dos vasos de vodka. Para cada uno. Y luego le mandé un mensaje a la madre de Lucas diciéndole que se quedaba a dormir en mi casa para ver un partido de baloncesto de la liga americana que echaban a las cuatro de la mañana.

        Llegamos a mi casa y le inflé la cama de invitados. No nos molestamos en poner sábanas, porque los dos sabíamos que estaba demasiado borracho como para notar la diferencia. Nos tiramos en las camas mirando al techo y nos dormimos en silencio.

        Por la mañana salté por encima de la cama de Lucas de camino al baño. Tiré de la cisterna rezando por no despertar a nadie, aunque no sabía qué hora era. Me lavé las manos y la cara y me quedé un momento en silencio mirando mi reflejo en el espejo.

        Ayer había matado a alguien. Oh. Joder. Ayer me había cargado a alguien que probablemente tenía familia o amigos. Me había cargado a alguien a quien echarían de menos. Habría alguien destrozado por mi culpa. Porque yo había MATADO a alguien.

        Joder. Joder. Joder. Joder.


        Y tampoco había llamado a Mara.

domingo, 26 de mayo de 2013

Capítulo 20:

        No sé qué espera la mayor parte de la gente de un sábado con resaca. Pero mi idea se acercaba más a dormir la mañana y quedar con Mara bien entrada la tarde que a reflexionar sobre mi vida.

        Obviamente, Javi y Lucas tenían otra idea. O al menos eso intuí después de la llamada de teléfono de dos horas que tuvimos a las diez de la mañana. Llamada que solo llevó a que nos sentáramos en una cafetería a las tres del mediodía a que me miraran como si fueran mi madre.

        Parecían preocupados. Y tenían motivos para estarlo. Pero yo quería quejarme, ¿vale?

—No sé por qué tenéis que darle tanto bombo. Solo ha sido una borrachera. Ni que vosotros no os emborracharais nunca, joder.

—Ya. No tendría importancia si tú te emborracharas alguna vez. Pero ¿sabes cuantas veces te he visto borracho? Tres. La primera fue cuando el bus del colegio de tu hermana tuvo un accidente y a ella la operaron de urgencia. La segunda fue en Nochevieja. Tu abuela había cenado en casa y había cabreado tanto a tu madre que ella te tiró una copa a la cabeza por darle las buenas noches. Y la tercera fue ayer. —me cortó Javi.

—Bueno, puede que…

— ¿Sabes cuánto tiempo hace que no quedamos? Que no pasas por el gimnasio, o me llamas, o hablamos por Whatsapp. ¿Sabes cuánto tiempo hace que parece que a mi mejor amigo se lo ha tragado la tierra? —me cortó Lucas.

        Y tenían toda la razón del mundo, pero por lo menos podrían dejarme poner alguna excusa ridícula y auto-engañarme. Es un derecho básico reconocido en la constitución.

—Tío. Sé que no te gusta oír esto, pero desde que sales con Mara estas distinto. Ya no pareces tú. —masculló Lucas sin mirarme a los ojos. —Tú eres un tío tranquilo que bebe, pero no se emborracha. Que hace deporte, saca unas notas mediocremente buenas. Se lleva bien con todo el mundo, aunque no especialmente con ninguno… Tú no eres un tío que vuelve a casa a las tres de la mañana y se pasa semanas sin hablar con su mejor amigo. Tú no eres un cabrón.

        A pesar de la resaca, o quizás por ella, mi cerebro se las apañó para comprender algo de todo aquello. Lucas tenía razón, claro. Me había conocido desde los tres años, cuando los dos empezamos juntos en el parvulario. Y todo lo que acababa de describir era verdad. Era yo. Y no recuerdo haberme sentido más lleno de desprecio en la vida.

         Porque la persona que Lucas acababa de describir era un don nadie. Era una persona a quien no dedicarías más de una mirada de no ser necesario. Era esa cara de la foto con el que nadie tenía malos recuerdos, pero tampoco recuerdos especiales. Era un cobarde sin experiencias en la vida y un paria que no encajaba nunca en ningún sitio.

        Que sí. Que quizás él le tuviese cariño a esa persona. Y quizás esa persona hubiese conseguido hacerse con un par de amigos leales a lo largo de los años y se las hubiese apañado para no ser una decepción para lo que le quedaba de familia. Pero era mediocre. Tenía una vida mediocre. Unas expectativas mediocres…

        En ese momento ya sabía que la decisión que tomé entonces probablemente fuera un camino directo a la amargura y el auto desprecio cuando fracasase. Pero dicen que las cosas que llegan fáciles nunca merecen la pena. ¿No?

—Lo siento mucho. Haberos dejado de lado. No os merecéis eso y me encargaré de que no vuelva a pasar. Pero no tenéis nada de qué preocuparos ¿vale?

        Porque yo era ese tío, claro que lo era. Pero ese tío iba a morir aquella misma noche. Y ellos estaban invitados al funeral.

—Esta noche he quedado con Mara y unos amigos. ¿Por qué no venís? Así pasamos tiempo juntos, los conocéis y veis que no pasa nada malo.

        Lo cierto era que me apetecía. Echaba de menos a Lucas, y no haberle incluido en el grupo había sido una gilipollez. Posiblemente motivada por el capricho de querer conservar a mis nuevos amigos para mí solo, pero una gilipollez al fin y al cabo. No había necesidad de ahondar más en ello. Y aunque a Javi le invitaba un poco porque estaba allí y tocaba; tampoco quería que el tío estuviera preocupado. Porque era demasiado buena persona (Javi) como para hacerle eso.

        Aceptaron de manera renuente, pero aceptaron. Así que llamé a Mara para pedirle permiso para invitarles, cosa que quizás debería haber hecho antes. Y se emocionó por conocer a otro de mis amigos y volver a ver a Lucas. Y eso me calentó bastante por dentro. Porque que se interesara por los amigos del pringado de su novio era un signo de apostar por la relación y otras gilipolleces que había leído en una revista de mi hermana.

        Me fui a casa, hice la comida para mi madre y mi hermana pero yo no comí. Me duché y me tiré diez minutos mirando a la pared del bañó mientras sonaba Ed Sheeran en la radio hasta que Mara me llamó al móvil y nos pusimos a hablar de tonterías sin tener un hilo de conversación real.

— ¿Entonces estás seguro de que Banana es un buen nombre para una tortuga? Yo creo que Amapola sería menos confuso. —comentó ella al otro lado de la línea mientras yo me esforzaba por subirme los vaqueros sin soltar el teléfono.

—Mara, ¿vas a comprarte una tortuga?

—Oh, no. Es solo curiosidad hipotética.

        Sonreí sin poder ni querer intentar evitarlo. Porque era la tía más rara que había conocido en mi vida y no le habría cambiado ni un detalle.

        A las ocho de la tarde estábamos los tres; Javi, Lucas y yo, picando al timbre del nuevo piso de Luka. Porque ya que se iba a quedar por lo menos seis meses tenía que comprarse un piso. Porque podía, si no, ¿de qué?

        Kate nos abrió la puerta y se me lanzó echándome los brazos al cuello y chillando. Luego me enseñó el anillo con un brillante jodidamente enorme en su mano izquierda sin dejar de sonreír como una maniaca.

—Ya sé que te lo ha contado. Pero me hace mucha ilusión así que te lo repito. ¡Estoy prometida!

— ¡Estas prometida! —le grité de vuelta riéndome. Y ella me soltó sonriendo y se perdió entre el barullo de gente que había en el salón. No sé para que invitaban a tanta gente a las fiestas si luego se quedaban en su selecto grupo sin mezclarse, pero armaban ruido y hacían ambiente y a mí me gustaba.

        Entré y esperé a que me siguieran. Ya les había explicado un poco quien era cada uno, así que simplemente fuimos hacia la terraza del piso, donde estaban todos sentados en sofás riéndose y bebiendo. La música era pop de los noventa y no me cabía ninguna duda de quién la había escogido.

        Mara se levantó la primera y se presentó sonriéndoles y presentándoles a los demás. Y luego me sentó a mí donde había estado ella y se sentó en mi regazo. Javi y Lucas se integraron bastante bien y bastante rápido. Y Luka no intentó cabrear a ninguno de los dos para que le dieran un puñetazo, por lo que di gracias a todos los dioses que se me pasaron por la cabeza.

        Cuando ya estaban bastante “adaptados” al medio, Javi tonteando con Lucía descaradamente mientras Luka los miraba mal y Lucas riéndose de algo con Tamara; cogí a Mara de la mano y me la lleve dentro del piso, hacia la cocina. Que parecía ser la única puñetera habitación vacía. En serio, ¿a alguien le caía bien esta gente?

—Y yo que pensaba que los caballeros de brillante armadura no secuestraban doncellas.

—Oh, claro que las secuestran, pero pagan para que no salga en la prensa. —le contesté guiándole un ojo.

—Gracias por traer a tus amigos. —me sonrió agarrándome de los cuellos de la camisa para acercarme a ella, quedándose entre yo y la encimera.

        Me incliné hacia ella, sonriendo como un completo gilipollas; porque parecía que las cosas se habían arreglado con muy poco esfuerzo y cuando rocé mis labios con los suyos, un ruido en la puerta me hizo girar la cabeza.

        En la entrada, Luka estaba mirando a un tío con traje y camisa negros que parecía cabreado. El tío siseaba y Luka se mordía las uñas mascullando cosas.

—Félix, ¿Quieres estar a lo que estás?—preguntó Mara cabreada.

—Eh, sí, perdón. Yo…

        El tío agarró a Luka del cuello de la camisa y tiró de él hacia el pasillo cerrando la puerta a sus espaldas. Y Luka no era ni siquiera tan buen amigo, ni le conocía hacía tanto tiempo… pero siempre he tenido esa estúpida tendencia a preocuparme por los demás y meterme en guerras que no tienen nada que ver conmigo, así que en lugar de seguir enrollándome con mi preciosa novia y dejar que le dieran algo de su propia medicina…

—Tengo que… te lo explico luego. ¡Te quiero! ¡No te cabrees! —le grité mientras salía a la terraza a agarrar a Eric del brazo y apartarle de su prometida para ir a buscar al lerdo de su amigo.

— ¡Tío!

—Creo que Luka la ha liado.

        Como Eric si era una persona medio normal y un buen amigo, echó a correr delante de mí sin hacer más preguntas. Al ver el pasillo vacío bajamos corriendo por las escaleras y salimos a la calle.

— ¡Tío, por favor! ¡Puedo arreglarlo, en serio!—nos llegó el grito de Luka calle abajo, en el paseo del puerto.

        Corrimos hacia allí y vimos al tío del traje estrellar la cabeza de Luka contra la barandilla del puerto. Él trastabilló cayendo sentado de culo al suelo y el tío sacó una pistola. Paramos un segundo, en shock, pero luego volvimos a echar a correr.

        Eric envistió contra el tío del traje placándolo contra el suelo y lanzando la pistola al aire. Yo me arrodillé delante de Luka para comprobar si estaba bien y le levanté la cabeza. Tenía una brecha con bastante mala pinta encima del ojo derecho y la nariz le sangraba un poco.

—¿Contusión grave o herida leve? —le pregunté viendo de reojo como el tío del traje lanzaba a Eric contra una farola y los dos se liaban a puñetazos.

—Herida leve. Creo. Joder, estoy muy mareado.

        Le moví para que quedara sentado con la espalda apoyada en la barandilla y me giré a tiempo para ver como Eric aterrizaba a nuestro lado en el suelo y el tío sacaba otra pistola.

        Me tiré en plancha a por la que se le había caído antes y desde el suelo le apunté al tronco, porque era el blanco más fácil. Él ajustó el ángulo de los brazos apuntando a Eric a la cabeza, yo anclé los codos en el suelo intentando ganar apoyo.


        El “¡BAM!” de una pistola resonó en el silencio en que estaba envuelto el puerto por la noche. Lo único que se escuchaba era la música de un pub cercano como un murmullo de fondo. Como la música de los ascensores. 

lunes, 6 de mayo de 2013

Capítulo 19:


        Mi madre no se cabreó por las notas. Igual que no se había cabreado cuando empecé a salir hasta las tres de la mañana o a no dormir en casa. Porque las facturas se empezaban a acumular y ella pasaba más tiempo trabajando que en casa.

        Mis profesores me echaban miradas preocupadas por el pasillo y llegó un punto en que ya no me pedían los deberes porque sabían que no los tenía. Mi tutora, una mujer regordeta y más vieja que los dinosaurios, me mandó quedarme en clase para preguntarme si todo estaba bien en casa.

— ¿Tus padres se están separando? ¿Tienes algún problema con los chicos de clase? ¡No te pegarán en los vestuarios, ¿no?!

        Decidí omitir que mi padre y mi madre nunca habían estado casados, que no tenía problemas con los chicos de clase porque no les conocía y que ese año ni siquiera teníamos Educación Física, así que no había vestuarios en los que pegarme.

—No, no. Todo bien. Es que estoy un poco estresado. Ya sabe, en Mayo hay que solicitar las plazas de la universidad y todavía no sé lo que quiero hacer.

—Oh, cariño. ¿Quieres hablar con el departamento de orientación?

—No, gracias. Creo que me las apañaré solo.

        No coló. Y yo tuve que pasarme el resto del curso yendo al departamento de orientación a hablar con la psicóloga del instituto para que me dijera lo que ella creía que debía de hacer con mi vida.

        Era una mujer joven, no llegaría a los 30, y siempre llevaba vaqueros, camisa y zapatos de tacón bajo. Nunca la vi maquillada. Supongo que con eso intentaba dar una imagen de mujer segura de sí misma y profesional consumada. A mí me parecía una de esas gilipollas que salen en los marcos de fotos cuando te los venden. “Camisa blanca, cara lavada y sonrisa ridícula”.

        Lo primero que me dijo fue “Me llamo Melisa y podemos ser amigos, tranquilo.” En serio, ¿Hay alguna manera mejor de cabrear a alguien que está tranquilo que decirle que esté tranquilo? Yo sonreí de manera tensa y le dije que no creía que ella pudiera ayudarme.

—Cariño, cuando el genio apunta a la luna,  el tonto se queda mirando el dedo.

        ¿Qué cojones?

— ¿Qué?

        Ella sonrió y me invitó a sentarme. Me puso delante un vaso de leche y un plato con galletas y yo empecé a preocuparme por su salud mental.

—Estás en un momento difícil de la vida. Todos hemos pasado por eso, relájate. —Odiaba a aquella mujer con toda el alma. — ¿Dónde te ves dentro de 10 años?

        Ese debió de ser el momento en que decidí que si ella iba a tocarme los cojones, yo también podía jugar a eso.

—Quizás como bailarín exótico en las vegas. Es la mejor manera de cazar a vieja rica y moribunda que me mantenga a cambio de un par de polvos con flores y velas.

        Ella apuntó algo en un papel y volvió a hablar sin levantar la vista hacia mí.

— ¿Eso es lo que siempre has querido ser de mayor?

—Quería ser un supervillano, pero las mallas me tiran un poco y no tengo un gato de angora que acariciar mientras planeo dominar el mundo.

 — ¿Estás a la defensiva porque no te gusta que me meta en tus asuntos, porque tienes algo que esconder o simplemente eres desagradable?

— ¿Se dedico a esto porque nunca consiguió implicarse emocionalmente con nadie y decidió que meterse en la vida de críos de instituto sería lo suficientemente gratificante como para paliar el hecho de que nunca tendrá una familia propia?

        Melisa levantó la vista de su libreta y sonrió.

—Bueno, no pasa nada. Uno tiene que darse cuenta de que necesita ayuda para dejar que le ayuden. ¿No?

        Me dio una tarjeta con su número de móvil y me dijo que cuando me diera cuenta de que necesitaba hablar con alguien podía llamarla. Y yo salí de allí más confuso de lo que había entrado.

        Estaba cabreado. Porque me parecía que de alguna manera, había conseguido meterse en mi cabeza. Y eso me fastidiaba hasta límites insospechados. Jodidos comecocos.

        Y en ese momento Luka me llamó al móvil. Porque sería un cabrón con un trabajo muy poco serio y unos valores cuanto menos cuestionables… pero el capullo era oportuno.

—Tío, Eric y yo estamos en el puerto tomando algo. ¿Vienes?

        Todavía me parecía raro lo fácil que resultaba estar con ellos. Ser parte del grupo. Implicarme en la vida de Mara. Pertenecer.

—Claro. Dame 20 minutos.

        Escuché risas al otro lado de la línea antes de que Eric le quitara el teléfono a Luka.

—Coge un taxi, anda. Pago yo.

        Colgué y me mandaron la dirección por Whatsapp. Así que me subí a un taxi y se la leí. Y el taxista me puso cara rara y empezó a conducir. Me dejó en la calle del puerto, en frente de un edificio de piedra antiguo y de arquitectura recargada. Creo que antes de que yo naciera era una aduana. A saber.

        Eric estaba esperando en la acera con la cartera en la mano. Le dio un billete de 20 al conductor y esperó a que me bajara para pasarme un brazo por los hombros y echar a andar por las escaleras al lado del edificio sonriente.

—Amigo mío, espero que vengas con la garganta seca porque tenemos mucho que celebrar y muchas botellas que vaciar.

—Que no es que me queje, pero ¿Qué celebramos?

        Se giró mirándome con la sonrisa más amplia que le había visto hasta el momento.

—Desde ayer soy un hombre oficialmente prometido.

        Creo que se me cayó la mandíbula al suelo y tropecé con ella un par de veces antes de contestar. En la parte de arriba de las escaleras; la terraza del edificio, Luka estaba sentado a una mesa con tres sillas y llena de botellas de alcohol. Probablemente una sola de esas botellas costaría más que toda la ropa que yo llevaba puesta.

—Joder, felicidades. ¿Kate?

— ¿Quién si no? El idiota estuvo perdido la primera vez que la vio. Tenías que ver que ojillos tenía. —se burló Luka ofreciéndome un vaso con whiskey.

—Pues a vuestra salud. —brindé levantando el brazo hacia él.

        Probablemente noté que estaba empezando a emborracharme a la segunda botella que vaciamos, pero ni dije ni hice nada. En parte porque me lo estaba pasando bien y en parte porque ellos también parecían estar pasándoselo bien y no quería cortarles el rollo.

        Y en algún punto pasamos de estar celebrando que Eric y Kate se habían comprometido a estar riéndonos de gilipolleces. Y dos botellas fueron tres y luego cuatro. Y de alguna manera, yo acabé quejándome de la psicóloga.

— ¿Quién se cree que es para vomitarme todas las idioteces de autoayuda que habrá leído de joven porque estaba gorda? ¡Yo no estoy gorda! —me quejé haciendo pucheros (al menos Eric sigue asegurando que estaba haciendo pucheros a día de hoy).

        Eric y Luka estallaron en carcajadas y decidieron que había tenido bastante alcohol por una noche y que lo mejor sería ir cerrando la fiesta. No recogieron la mesa, ni las sillas ni las botellas. Porque son gente rica y la gente rica paga a gente menos rica para que limpie lo que ellos ensucian.

        Se ofrecieron a compartir taxi hasta mi casa, pero a mí me empezaba a dar vueltas todo y lo que menos me apetecía era vomitar delante de ellos, así que les dije que estaba bien y que quería ir caminando para despejarme. Y no estaba bien, eso era evidente, pero me dieron espacio y se subieron a un taxi.

        En algún momento mientras me tambaleaba apoyado a la barandilla del puerto empecé a pensar en Mara. Porque cuando estas borracho tu cabeza hace cosas raras, y porque a algún nivel, la tenía siempre en la cabeza. Probablemente por eso no me enteré de en qué momento exactamente había chocado con alguien. Todo giraba, y cuando dejó de girar yo estaba sentado en el suelo riéndome.

—Tío, perdona no estaba… ¿Félix?

        Al levantar la vista me encontré con Javi. Y no sabéis quien es porque aunque hubiésemos sido amigos toda la vida hacía semanas que no lo veía más que en clase. Porque esas cosas pasan o porque yo estaba así de idiota. Como prefiráis.

—Estoy borracho. —conseguí decir antes de volver a reírme yo solo.

        Javi frunció el ceño, pero sonrió un poco.

—Ya lo veo, ya. ¿Comemos algo para que se te pase un poco antes de ir a casa? —ofreció ayudándome a levantarme.

        Y eran pasadas las doce de la noche de un viernes y él probablemente había salido de entrenar a las diez y media. Porque Javi es el tipo de persona sana y decente que hace deporte y no se emborracha. Fruncí al ceño al darme cuenta de que hasta hacía poco yo también había sido ese tipo de persona.

        Le dejé arrastrarme hasta un kebab cercano, y cenamos algo riéndonos de tonterías de clase. Y luego me acompañó a casa. Y por acompañó quiero decir: abrió la puerta y me sujetó hasta mi cama intentando que no tropezase con nada y despertase a mi madre y a mi hermana.

        Y si hubiese estado menos borracho aquello habría sido una importante lección sobre la amistad. O al menos una llamada de aviso sobre qué estaba haciendo con mi vida. Pero lo estaba. Borracho, digo. Así que Javi dejó mis llaves en mi escritorio antes de irse, yo dije algo a medio camino entre “gracias” y un gruñido y me dormí con la mente en calma por primera vez en bastante tiempo.