domingo, 26 de mayo de 2013

Capítulo 20:

        No sé qué espera la mayor parte de la gente de un sábado con resaca. Pero mi idea se acercaba más a dormir la mañana y quedar con Mara bien entrada la tarde que a reflexionar sobre mi vida.

        Obviamente, Javi y Lucas tenían otra idea. O al menos eso intuí después de la llamada de teléfono de dos horas que tuvimos a las diez de la mañana. Llamada que solo llevó a que nos sentáramos en una cafetería a las tres del mediodía a que me miraran como si fueran mi madre.

        Parecían preocupados. Y tenían motivos para estarlo. Pero yo quería quejarme, ¿vale?

—No sé por qué tenéis que darle tanto bombo. Solo ha sido una borrachera. Ni que vosotros no os emborracharais nunca, joder.

—Ya. No tendría importancia si tú te emborracharas alguna vez. Pero ¿sabes cuantas veces te he visto borracho? Tres. La primera fue cuando el bus del colegio de tu hermana tuvo un accidente y a ella la operaron de urgencia. La segunda fue en Nochevieja. Tu abuela había cenado en casa y había cabreado tanto a tu madre que ella te tiró una copa a la cabeza por darle las buenas noches. Y la tercera fue ayer. —me cortó Javi.

—Bueno, puede que…

— ¿Sabes cuánto tiempo hace que no quedamos? Que no pasas por el gimnasio, o me llamas, o hablamos por Whatsapp. ¿Sabes cuánto tiempo hace que parece que a mi mejor amigo se lo ha tragado la tierra? —me cortó Lucas.

        Y tenían toda la razón del mundo, pero por lo menos podrían dejarme poner alguna excusa ridícula y auto-engañarme. Es un derecho básico reconocido en la constitución.

—Tío. Sé que no te gusta oír esto, pero desde que sales con Mara estas distinto. Ya no pareces tú. —masculló Lucas sin mirarme a los ojos. —Tú eres un tío tranquilo que bebe, pero no se emborracha. Que hace deporte, saca unas notas mediocremente buenas. Se lleva bien con todo el mundo, aunque no especialmente con ninguno… Tú no eres un tío que vuelve a casa a las tres de la mañana y se pasa semanas sin hablar con su mejor amigo. Tú no eres un cabrón.

        A pesar de la resaca, o quizás por ella, mi cerebro se las apañó para comprender algo de todo aquello. Lucas tenía razón, claro. Me había conocido desde los tres años, cuando los dos empezamos juntos en el parvulario. Y todo lo que acababa de describir era verdad. Era yo. Y no recuerdo haberme sentido más lleno de desprecio en la vida.

         Porque la persona que Lucas acababa de describir era un don nadie. Era una persona a quien no dedicarías más de una mirada de no ser necesario. Era esa cara de la foto con el que nadie tenía malos recuerdos, pero tampoco recuerdos especiales. Era un cobarde sin experiencias en la vida y un paria que no encajaba nunca en ningún sitio.

        Que sí. Que quizás él le tuviese cariño a esa persona. Y quizás esa persona hubiese conseguido hacerse con un par de amigos leales a lo largo de los años y se las hubiese apañado para no ser una decepción para lo que le quedaba de familia. Pero era mediocre. Tenía una vida mediocre. Unas expectativas mediocres…

        En ese momento ya sabía que la decisión que tomé entonces probablemente fuera un camino directo a la amargura y el auto desprecio cuando fracasase. Pero dicen que las cosas que llegan fáciles nunca merecen la pena. ¿No?

—Lo siento mucho. Haberos dejado de lado. No os merecéis eso y me encargaré de que no vuelva a pasar. Pero no tenéis nada de qué preocuparos ¿vale?

        Porque yo era ese tío, claro que lo era. Pero ese tío iba a morir aquella misma noche. Y ellos estaban invitados al funeral.

—Esta noche he quedado con Mara y unos amigos. ¿Por qué no venís? Así pasamos tiempo juntos, los conocéis y veis que no pasa nada malo.

        Lo cierto era que me apetecía. Echaba de menos a Lucas, y no haberle incluido en el grupo había sido una gilipollez. Posiblemente motivada por el capricho de querer conservar a mis nuevos amigos para mí solo, pero una gilipollez al fin y al cabo. No había necesidad de ahondar más en ello. Y aunque a Javi le invitaba un poco porque estaba allí y tocaba; tampoco quería que el tío estuviera preocupado. Porque era demasiado buena persona (Javi) como para hacerle eso.

        Aceptaron de manera renuente, pero aceptaron. Así que llamé a Mara para pedirle permiso para invitarles, cosa que quizás debería haber hecho antes. Y se emocionó por conocer a otro de mis amigos y volver a ver a Lucas. Y eso me calentó bastante por dentro. Porque que se interesara por los amigos del pringado de su novio era un signo de apostar por la relación y otras gilipolleces que había leído en una revista de mi hermana.

        Me fui a casa, hice la comida para mi madre y mi hermana pero yo no comí. Me duché y me tiré diez minutos mirando a la pared del bañó mientras sonaba Ed Sheeran en la radio hasta que Mara me llamó al móvil y nos pusimos a hablar de tonterías sin tener un hilo de conversación real.

— ¿Entonces estás seguro de que Banana es un buen nombre para una tortuga? Yo creo que Amapola sería menos confuso. —comentó ella al otro lado de la línea mientras yo me esforzaba por subirme los vaqueros sin soltar el teléfono.

—Mara, ¿vas a comprarte una tortuga?

—Oh, no. Es solo curiosidad hipotética.

        Sonreí sin poder ni querer intentar evitarlo. Porque era la tía más rara que había conocido en mi vida y no le habría cambiado ni un detalle.

        A las ocho de la tarde estábamos los tres; Javi, Lucas y yo, picando al timbre del nuevo piso de Luka. Porque ya que se iba a quedar por lo menos seis meses tenía que comprarse un piso. Porque podía, si no, ¿de qué?

        Kate nos abrió la puerta y se me lanzó echándome los brazos al cuello y chillando. Luego me enseñó el anillo con un brillante jodidamente enorme en su mano izquierda sin dejar de sonreír como una maniaca.

—Ya sé que te lo ha contado. Pero me hace mucha ilusión así que te lo repito. ¡Estoy prometida!

— ¡Estas prometida! —le grité de vuelta riéndome. Y ella me soltó sonriendo y se perdió entre el barullo de gente que había en el salón. No sé para que invitaban a tanta gente a las fiestas si luego se quedaban en su selecto grupo sin mezclarse, pero armaban ruido y hacían ambiente y a mí me gustaba.

        Entré y esperé a que me siguieran. Ya les había explicado un poco quien era cada uno, así que simplemente fuimos hacia la terraza del piso, donde estaban todos sentados en sofás riéndose y bebiendo. La música era pop de los noventa y no me cabía ninguna duda de quién la había escogido.

        Mara se levantó la primera y se presentó sonriéndoles y presentándoles a los demás. Y luego me sentó a mí donde había estado ella y se sentó en mi regazo. Javi y Lucas se integraron bastante bien y bastante rápido. Y Luka no intentó cabrear a ninguno de los dos para que le dieran un puñetazo, por lo que di gracias a todos los dioses que se me pasaron por la cabeza.

        Cuando ya estaban bastante “adaptados” al medio, Javi tonteando con Lucía descaradamente mientras Luka los miraba mal y Lucas riéndose de algo con Tamara; cogí a Mara de la mano y me la lleve dentro del piso, hacia la cocina. Que parecía ser la única puñetera habitación vacía. En serio, ¿a alguien le caía bien esta gente?

—Y yo que pensaba que los caballeros de brillante armadura no secuestraban doncellas.

—Oh, claro que las secuestran, pero pagan para que no salga en la prensa. —le contesté guiándole un ojo.

—Gracias por traer a tus amigos. —me sonrió agarrándome de los cuellos de la camisa para acercarme a ella, quedándose entre yo y la encimera.

        Me incliné hacia ella, sonriendo como un completo gilipollas; porque parecía que las cosas se habían arreglado con muy poco esfuerzo y cuando rocé mis labios con los suyos, un ruido en la puerta me hizo girar la cabeza.

        En la entrada, Luka estaba mirando a un tío con traje y camisa negros que parecía cabreado. El tío siseaba y Luka se mordía las uñas mascullando cosas.

—Félix, ¿Quieres estar a lo que estás?—preguntó Mara cabreada.

—Eh, sí, perdón. Yo…

        El tío agarró a Luka del cuello de la camisa y tiró de él hacia el pasillo cerrando la puerta a sus espaldas. Y Luka no era ni siquiera tan buen amigo, ni le conocía hacía tanto tiempo… pero siempre he tenido esa estúpida tendencia a preocuparme por los demás y meterme en guerras que no tienen nada que ver conmigo, así que en lugar de seguir enrollándome con mi preciosa novia y dejar que le dieran algo de su propia medicina…

—Tengo que… te lo explico luego. ¡Te quiero! ¡No te cabrees! —le grité mientras salía a la terraza a agarrar a Eric del brazo y apartarle de su prometida para ir a buscar al lerdo de su amigo.

— ¡Tío!

—Creo que Luka la ha liado.

        Como Eric si era una persona medio normal y un buen amigo, echó a correr delante de mí sin hacer más preguntas. Al ver el pasillo vacío bajamos corriendo por las escaleras y salimos a la calle.

— ¡Tío, por favor! ¡Puedo arreglarlo, en serio!—nos llegó el grito de Luka calle abajo, en el paseo del puerto.

        Corrimos hacia allí y vimos al tío del traje estrellar la cabeza de Luka contra la barandilla del puerto. Él trastabilló cayendo sentado de culo al suelo y el tío sacó una pistola. Paramos un segundo, en shock, pero luego volvimos a echar a correr.

        Eric envistió contra el tío del traje placándolo contra el suelo y lanzando la pistola al aire. Yo me arrodillé delante de Luka para comprobar si estaba bien y le levanté la cabeza. Tenía una brecha con bastante mala pinta encima del ojo derecho y la nariz le sangraba un poco.

—¿Contusión grave o herida leve? —le pregunté viendo de reojo como el tío del traje lanzaba a Eric contra una farola y los dos se liaban a puñetazos.

—Herida leve. Creo. Joder, estoy muy mareado.

        Le moví para que quedara sentado con la espalda apoyada en la barandilla y me giré a tiempo para ver como Eric aterrizaba a nuestro lado en el suelo y el tío sacaba otra pistola.

        Me tiré en plancha a por la que se le había caído antes y desde el suelo le apunté al tronco, porque era el blanco más fácil. Él ajustó el ángulo de los brazos apuntando a Eric a la cabeza, yo anclé los codos en el suelo intentando ganar apoyo.


        El “¡BAM!” de una pistola resonó en el silencio en que estaba envuelto el puerto por la noche. Lo único que se escuchaba era la música de un pub cercano como un murmullo de fondo. Como la música de los ascensores. 

lunes, 6 de mayo de 2013

Capítulo 19:


        Mi madre no se cabreó por las notas. Igual que no se había cabreado cuando empecé a salir hasta las tres de la mañana o a no dormir en casa. Porque las facturas se empezaban a acumular y ella pasaba más tiempo trabajando que en casa.

        Mis profesores me echaban miradas preocupadas por el pasillo y llegó un punto en que ya no me pedían los deberes porque sabían que no los tenía. Mi tutora, una mujer regordeta y más vieja que los dinosaurios, me mandó quedarme en clase para preguntarme si todo estaba bien en casa.

— ¿Tus padres se están separando? ¿Tienes algún problema con los chicos de clase? ¡No te pegarán en los vestuarios, ¿no?!

        Decidí omitir que mi padre y mi madre nunca habían estado casados, que no tenía problemas con los chicos de clase porque no les conocía y que ese año ni siquiera teníamos Educación Física, así que no había vestuarios en los que pegarme.

—No, no. Todo bien. Es que estoy un poco estresado. Ya sabe, en Mayo hay que solicitar las plazas de la universidad y todavía no sé lo que quiero hacer.

—Oh, cariño. ¿Quieres hablar con el departamento de orientación?

—No, gracias. Creo que me las apañaré solo.

        No coló. Y yo tuve que pasarme el resto del curso yendo al departamento de orientación a hablar con la psicóloga del instituto para que me dijera lo que ella creía que debía de hacer con mi vida.

        Era una mujer joven, no llegaría a los 30, y siempre llevaba vaqueros, camisa y zapatos de tacón bajo. Nunca la vi maquillada. Supongo que con eso intentaba dar una imagen de mujer segura de sí misma y profesional consumada. A mí me parecía una de esas gilipollas que salen en los marcos de fotos cuando te los venden. “Camisa blanca, cara lavada y sonrisa ridícula”.

        Lo primero que me dijo fue “Me llamo Melisa y podemos ser amigos, tranquilo.” En serio, ¿Hay alguna manera mejor de cabrear a alguien que está tranquilo que decirle que esté tranquilo? Yo sonreí de manera tensa y le dije que no creía que ella pudiera ayudarme.

—Cariño, cuando el genio apunta a la luna,  el tonto se queda mirando el dedo.

        ¿Qué cojones?

— ¿Qué?

        Ella sonrió y me invitó a sentarme. Me puso delante un vaso de leche y un plato con galletas y yo empecé a preocuparme por su salud mental.

—Estás en un momento difícil de la vida. Todos hemos pasado por eso, relájate. —Odiaba a aquella mujer con toda el alma. — ¿Dónde te ves dentro de 10 años?

        Ese debió de ser el momento en que decidí que si ella iba a tocarme los cojones, yo también podía jugar a eso.

—Quizás como bailarín exótico en las vegas. Es la mejor manera de cazar a vieja rica y moribunda que me mantenga a cambio de un par de polvos con flores y velas.

        Ella apuntó algo en un papel y volvió a hablar sin levantar la vista hacia mí.

— ¿Eso es lo que siempre has querido ser de mayor?

—Quería ser un supervillano, pero las mallas me tiran un poco y no tengo un gato de angora que acariciar mientras planeo dominar el mundo.

 — ¿Estás a la defensiva porque no te gusta que me meta en tus asuntos, porque tienes algo que esconder o simplemente eres desagradable?

— ¿Se dedico a esto porque nunca consiguió implicarse emocionalmente con nadie y decidió que meterse en la vida de críos de instituto sería lo suficientemente gratificante como para paliar el hecho de que nunca tendrá una familia propia?

        Melisa levantó la vista de su libreta y sonrió.

—Bueno, no pasa nada. Uno tiene que darse cuenta de que necesita ayuda para dejar que le ayuden. ¿No?

        Me dio una tarjeta con su número de móvil y me dijo que cuando me diera cuenta de que necesitaba hablar con alguien podía llamarla. Y yo salí de allí más confuso de lo que había entrado.

        Estaba cabreado. Porque me parecía que de alguna manera, había conseguido meterse en mi cabeza. Y eso me fastidiaba hasta límites insospechados. Jodidos comecocos.

        Y en ese momento Luka me llamó al móvil. Porque sería un cabrón con un trabajo muy poco serio y unos valores cuanto menos cuestionables… pero el capullo era oportuno.

—Tío, Eric y yo estamos en el puerto tomando algo. ¿Vienes?

        Todavía me parecía raro lo fácil que resultaba estar con ellos. Ser parte del grupo. Implicarme en la vida de Mara. Pertenecer.

—Claro. Dame 20 minutos.

        Escuché risas al otro lado de la línea antes de que Eric le quitara el teléfono a Luka.

—Coge un taxi, anda. Pago yo.

        Colgué y me mandaron la dirección por Whatsapp. Así que me subí a un taxi y se la leí. Y el taxista me puso cara rara y empezó a conducir. Me dejó en la calle del puerto, en frente de un edificio de piedra antiguo y de arquitectura recargada. Creo que antes de que yo naciera era una aduana. A saber.

        Eric estaba esperando en la acera con la cartera en la mano. Le dio un billete de 20 al conductor y esperó a que me bajara para pasarme un brazo por los hombros y echar a andar por las escaleras al lado del edificio sonriente.

—Amigo mío, espero que vengas con la garganta seca porque tenemos mucho que celebrar y muchas botellas que vaciar.

—Que no es que me queje, pero ¿Qué celebramos?

        Se giró mirándome con la sonrisa más amplia que le había visto hasta el momento.

—Desde ayer soy un hombre oficialmente prometido.

        Creo que se me cayó la mandíbula al suelo y tropecé con ella un par de veces antes de contestar. En la parte de arriba de las escaleras; la terraza del edificio, Luka estaba sentado a una mesa con tres sillas y llena de botellas de alcohol. Probablemente una sola de esas botellas costaría más que toda la ropa que yo llevaba puesta.

—Joder, felicidades. ¿Kate?

— ¿Quién si no? El idiota estuvo perdido la primera vez que la vio. Tenías que ver que ojillos tenía. —se burló Luka ofreciéndome un vaso con whiskey.

—Pues a vuestra salud. —brindé levantando el brazo hacia él.

        Probablemente noté que estaba empezando a emborracharme a la segunda botella que vaciamos, pero ni dije ni hice nada. En parte porque me lo estaba pasando bien y en parte porque ellos también parecían estar pasándoselo bien y no quería cortarles el rollo.

        Y en algún punto pasamos de estar celebrando que Eric y Kate se habían comprometido a estar riéndonos de gilipolleces. Y dos botellas fueron tres y luego cuatro. Y de alguna manera, yo acabé quejándome de la psicóloga.

— ¿Quién se cree que es para vomitarme todas las idioteces de autoayuda que habrá leído de joven porque estaba gorda? ¡Yo no estoy gorda! —me quejé haciendo pucheros (al menos Eric sigue asegurando que estaba haciendo pucheros a día de hoy).

        Eric y Luka estallaron en carcajadas y decidieron que había tenido bastante alcohol por una noche y que lo mejor sería ir cerrando la fiesta. No recogieron la mesa, ni las sillas ni las botellas. Porque son gente rica y la gente rica paga a gente menos rica para que limpie lo que ellos ensucian.

        Se ofrecieron a compartir taxi hasta mi casa, pero a mí me empezaba a dar vueltas todo y lo que menos me apetecía era vomitar delante de ellos, así que les dije que estaba bien y que quería ir caminando para despejarme. Y no estaba bien, eso era evidente, pero me dieron espacio y se subieron a un taxi.

        En algún momento mientras me tambaleaba apoyado a la barandilla del puerto empecé a pensar en Mara. Porque cuando estas borracho tu cabeza hace cosas raras, y porque a algún nivel, la tenía siempre en la cabeza. Probablemente por eso no me enteré de en qué momento exactamente había chocado con alguien. Todo giraba, y cuando dejó de girar yo estaba sentado en el suelo riéndome.

—Tío, perdona no estaba… ¿Félix?

        Al levantar la vista me encontré con Javi. Y no sabéis quien es porque aunque hubiésemos sido amigos toda la vida hacía semanas que no lo veía más que en clase. Porque esas cosas pasan o porque yo estaba así de idiota. Como prefiráis.

—Estoy borracho. —conseguí decir antes de volver a reírme yo solo.

        Javi frunció el ceño, pero sonrió un poco.

—Ya lo veo, ya. ¿Comemos algo para que se te pase un poco antes de ir a casa? —ofreció ayudándome a levantarme.

        Y eran pasadas las doce de la noche de un viernes y él probablemente había salido de entrenar a las diez y media. Porque Javi es el tipo de persona sana y decente que hace deporte y no se emborracha. Fruncí al ceño al darme cuenta de que hasta hacía poco yo también había sido ese tipo de persona.

        Le dejé arrastrarme hasta un kebab cercano, y cenamos algo riéndonos de tonterías de clase. Y luego me acompañó a casa. Y por acompañó quiero decir: abrió la puerta y me sujetó hasta mi cama intentando que no tropezase con nada y despertase a mi madre y a mi hermana.

        Y si hubiese estado menos borracho aquello habría sido una importante lección sobre la amistad. O al menos una llamada de aviso sobre qué estaba haciendo con mi vida. Pero lo estaba. Borracho, digo. Así que Javi dejó mis llaves en mi escritorio antes de irse, yo dije algo a medio camino entre “gracias” y un gruñido y me dormí con la mente en calma por primera vez en bastante tiempo. 

domingo, 14 de abril de 2013

Capítulo 18:


        Los exámenes de la segunda evaluación no fueron tan bien como los de la primera. Quizás se debía a que me había descentrado un poco, quizás a que no pasaba bastante tiempo en casa como para abrir un puñetero libro o quizás a que dejó de importarme.

        Tenía esa sensación. Esa de cuando eres joven, y estás empezando a disfrutar de la vida de verdad. Ves lo que te has estado perdiendo por jugar según las reglas que otros le han impuesto a tu vida y te sientes lleno. Crees que eres invencible, que eres un rebelde y que eso es genial. Crees que estás viviendo cuando lo que estás haciendo es acelerar un coche hacia un acantilado.

        En mi defensa puedo argumentar la pobre razón de que yo era un crío de 17 años al que le estaban enseñando el mundo demasiado rápido personas mucho más “guays” y experimentadas que él. Sí, sí. Lo sé. Como a todos.

        Luka no era tan malo cuando lo conocías. O eso pensé entonces. Era un chaval agradable cuando no estaba intentando cabrearte lo bastante como para que le dieras de hostias. Y al parecer al haberle pegado había pasado una especie de prueba y ya les caía bien en automático a todos. Yo no me quejaba.

        Lucía, la hermanastra de Luka por parte de padre, me explicó que Teresa había estado convencida de que por muy tranquilo que pareciese, defendería a Mara ante cualquiera. Y Luka había querido comprobar si de verdad tenía lo que había que tener.

        Karen me enseñó a hacer trampas jugando al póquer y me tocó el culo descaradamente para después felicitar a Mara por “la pesca”.

—Se dice caza, Karen. —la corrigió Eric, que parecía acostumbrado a que Karen se inventara las expresiones de los idiomas que no conocía con mucha tranquilidad.

—No, capullo. Los hombres cazáis. Las mujeres pescamos.

        Nunca conseguí que me explicase esa frase, y aunque crea que ahora la entiendo, probablemente me equivoque.

        Kate me descubrió el cansadísimo pero interesante mundo del activismo político. Jamás os creeríais la cantidad de problemas que le puede encontrar uno al mundo si se dedica específicamente a buscarlos.

        Marco se pasaba la mayor parte del tiempo drogado, pero era un tío gracioso. Y Alexis pasaba más tiempo ligando con tías que haciéndonos caso a ninguno, así que nunca llegué a tener una opinión fundamentada de él.

        Y esos eran los amigos de Mara. Y eran todos muy europeos, y la mayoría tenían bastante dinero como para no trabajar en su puñetera vida. Y eran más de los que yo habría conseguido juntar en toda mi vida.

        Y si fuera una persona medio decente les habría presentado a Lucas y habría intentado incluirle en el grupo en lugar de pasar cada vez menos tiempo con él. Pero Lucas últimamente no tenía tiempo para nada, porque él sí estaba estudiando para los exámenes, y yo tampoco insistí mucho.

        Íbamos a fiestas, jugábamos al póquer, bebíamos, bailábamos, nos reíamos… Luka me enseñó tropecientos insultos en serbio… Y me sentía tan vivo que no me di cuenta de que estaba dejando de ser yo para actuar más como ellos. Porque realmente no quería ser yo. Yo era un pringado casi sin amigos al que no miraba nadie. ¿Quién no preferiría ser como ellos?

        La primera vez que me acosté con Mara fue un sábado que quedamos los dos solos para ver películas de Tarantino y comer comida china. Si fuera un caballero no comentaría nada al respecto, y si fuera un capullo arrogante me echaría flores… Pero lo cierto es que fue todo más gracioso que erótico. Nos caímos de la cama (y no fue completamente mi culpa) y Mara tuvo que explicarme lo que tenía que hacer, con qué tenía que hacerlo y cómo tenía que hacerlo para que estuviera bien hecho.

Y no me refiero a la teoría básica, si no a la que no se aprende viendo porno ni leyendo. A la que solo te puede enseñar una tía con el carácter suficiente para decirte lo que quiere que le hagas y cómo quiere que lo hagas.

Podría decir muchas cosas, pero no cambiaría nada. Porque el sexo de verdad, cosa que aprendes a base de trabajo de campo, no se parece en nada al de las películas ni los libros. La primera vez que te acuestas con alguien es una experiencia torpe pero necesaria en que vuestros cuerpos aprenden a conocerse. Al final lo único que hay que hacer es buscar lo que funciona para vosotros y tirar de frente.

—Vale, si estabas pensando en Brad Pitt tienes que confesar ahora antes de que pueda hacerme ilusiones. —le dije una vez que estuvimos tirados en su cama mirando las estrellas mientras ella se fumaba un cigarrillo.

— ¿Te asustaría si te dijera que estaba pensando en Uma Thurman? —preguntó ella riéndose.

—Ni de coña. Solo a esa mujer le pueden quedar bien los trajes de motorista amarillo. Si tuvieras la oportunidad y no me dejaras por ella estaría muy desconcertado.

        Ella se echó a reír otra vez y apagó el cigarrillo en el cenicero de al lado de su cama antes de volver a acurrucarse a mi lado.

—Eres una de las cosas más bonitas que he tenido nunca.

—Que me llames cosa me ofende en cierto modo. Que me llames “bonita” me ofende en más de un modo. Pero si estoy entendiendo lo que quieres decir, gracias. —contesté dándole un beso en el pelo.

—Quiero decir que no te cambiaría por Uma Thurman. —resolvió de manera críptica. Y los dos sabíamos que no era eso lo que había querido decir, así que no hacían falta explicaciones.

        A estas alturas supongo que ya os habréis dado cuenta de que Mara no era una persona muy normal (y si no os habéis dado cuenta, por favor dejad de leer y reconsiderad los valores de vuestra vida). Y yo lo sabía, y en un principio no me importaba. Pero cuanto más tiempo pasaba con ella más cuenta me daba de que había algo que no estaba pillando. No era simplemente que hiciera cosas raras, que las hacía. Era algo que se marcaba más en las cosas que no hacía que en las que sí.

        Era algo que se colaba en sus silencios, en su sorpresa cuando yo insinuaba que me importaba lo que pasaba con ella. En sus ojos llorosos la noche de la fiesta cuando le dije que no estaba bien que la tratasen como un trapo. Era algo que se insinuaba oscuro y terrorífico. Y que me comía por dentro. 

jueves, 4 de abril de 2013

Capítulo 17:


        ¿Sabéis la mala espina que me daba Luka? Pues no eran solo celos. Era sentido arácnido de peligro o intuición femenina o cualquiera de esas cosas que yo no debería tener y nunca había tenido.

       No era un capullo que te destrozase la casa y atropellase ancianas solo porque podía. No. Eso sería fácil. ¿Dónde estaría la gracia si yo no sufro de la manera más rebuscada posible? No. Pero era el tipo de bastardo asqueroso que disfruta del conflicto. Era Eris con su manzana, y el principio del fin. Era el desastre que viene detrás de todas las cosas buenas.

        O quizás me estoy poniendo melodramático. A saber.

       Al parecer jugaba profesionalmente al póquer, así había conocido a Mara, y había venido para una timba que se organizaba en la ciudad. Y por supuesto le había parecido una solución ideal quedarse a dormir en casa de su ex. Capullo asqueroso.

        Se acopló descaradamente a nuestro desayuno de la mañana siguiente y se lo pasó mirándome con una sonrisa de medio lado. De esas que solo les quedan bien a los capullos arrogantes. Afortunadamente Teresa decidió acoplarse también porque hacía mucho tiempo que no veía a Luka. Nunca pensé que me alegraría de verla.

        Sé perfectamente que me moría de celos, que la envidia no es sana, que es un símbolo de desconfianza en la pareja que puede ocultar problemas más profundos etc.

— ¿Vienes a la fiesta de esta noche, Félix? —me preguntó con una sonrisa.

—Claro. ¿Dónde y cuándo?

—En el Hilton, a las diez en punto. Ven de traje y dile a tu madre que no dormirás en casa. —y luego el cabrón estalló a reírse él solo.

        Mara le dio un codazo en las costillas que le hizo soltar un quejido de nenaza, así que me sentí un poco mejor.

        A las diez estaba en la puerta del hotel Hilton, con traje y corbata y no podía dejar de preguntarme si no me estarían gastando una broma e iba a hacer el ridículo. Unas chicas con vestidos de fiesta pasaron por la puerta a mi lado y me decidí a entrar cuando una de ellas me guiñó el ojo y luego soltó una risa tonta.

        Pregunté por Luka Savić y después de hacer una llamada por el teléfono del hotel el recepcionista me dio una tarjeta.

—Quinto piso, Presidencial Suite.

        Subí, abrí y contuve mi mandíbula para no que se cayera al suelo. La suite tenía el tamaño de un apartamento grande, ridículamente grande, y estaba llena de gente vestida de fiesta bailando y riéndose con copas en la mano.

      Alguien me agarró del abrazo y tiró de mí para darme dos besos. Después del shock inicial pude ver a Teresa sonriéndome. Llevaba un vestido azul oscuro, lo bastante largo para taparle las sandalias de tacón que se notaba que llevaba porque medía algo más que yo.

—Me alegro de que hayas venido. —me saludó. Luego se inclinó y me susurró al oído. —Cuando le des, dale duro.

        Y a mí se me pasaron doscientas cosas por la cabeza que podría haber querido decir con esa frase. Pero antes de que pudiera preguntar me arrastró hacia un lado de la Suite que daba al dormitorio. Luka estaba sentada con otro tío alto y rubio en el alfeizar de la ventana, ambos llevan esmoquin y estaban bebiendo y riéndose. En la cama, Mara y una chica rubia se retorcían de la risa mientras una chica castaña contaba algo.

        Mara se levantó de un salto al verle y le echó los dos brazos al cuello para obligarle a agacharse y llegar a darle un beso. Llegaba un vestido blanco que parecía hecho de plumas. Y estaba guapísima.

—Te echaba de menos. ¡Ven que te los presente!

        La chica castaña se llama Lucía y era la hermanastra de Luka. La rubia que se había estado muriendo de la risa era Karen. El tío que bebía con Luka era Eric, y al parecer era el que daba la fiesta. Luego también estaban Kate (la novia de Eric), Marco y Alexis; que andaban perdidos en algún lugar de la fiesta.

        Y eran majos. Eran divertidos, y eran interesantes… Y todo sería perfecto de no ser por Luka, que de repente pareció decidir comportarse como el capullo que yo sabía que era y empezar a pincharme. Aquello llegó a un punto culminante en el que el gilipollas se levantó y mirándome a los ojos empezó a contar una historia de cuando salía con Mara. A día de hoy lo justifico porque empleó las palabras “Borracha como una perra” “caliente como una zorra” y “sin bragas”.

        Le pegué un puñetazo antes de darme cuenta de que le estaba pegando un puñetazo. Y el trastabilló hacia atrás tirando la mayor parte de la bebida en la alfombra. Nunca le había pegado a nadie. Quizás lo más parecido había sido zarandear un poquito al niño idiota que se metía con mi hermana. Me sentí extrañamente bien.

        Cuando se incorporó y me miró me preparé para que me dieran la paliza de mi vida. Pero de repente todo el mundo empezó a aplaudir y Mara le dio un billete de 50 euros a Teresa. Luka me pasó un brazo por los hombros riéndose.

—Joder tío, pensé que no ibas a darme en la vida.

—Te dije que era de los nuestros. —sonrió Teresa guardándose el billete en el escote.

—Vamos a conseguir whiskie con hielo, ¿eh chaval?—preguntó Luka mientras giraba conmigo hacia el salón donde estaba la barra de bar. —Para ti el whiskie y para mí el hielo.

        Todos rieron otra vez y yo sonreí sin poder evitarlo. Porque nunca nadie te dice que pegarle un puñetazo a alguien pueda resultar tan bien.

        Así que me tomé un par de whiskies y me reí. Y Mara sonrió orgullosa toda la noche y no me soltó la mano. Cuando la fiesta empezó a apagarse a eso de las 4 de la mañana, nos sentamos en uno de los sofás y yo me dediqué a acariciarle el pelo. Porque podía.

—No pensé que fueras a pegarle. Siempre estás tan tranquilo… No pareces el tipo de chico celoso.

—No estaba celoso. —le contesté. Y me di cuenta de que era verdad. —No fue porque se hubiese acostado contigo, eso ya lo suponía. Fue por como habló de ti. Como si fueras un trapo barato de usar y tirar.

        Mara me miró con los ojos abiertos de golpe, como si no se hubiese parado a pensar en esa posibilidad. Se inclinó para darme un beso y cuando se separó de mi tenía los ojos empapados en lágrimas.

—No sabes lo mucho que me alegro de conocerte.

        ¿Os he dicho que Luka era el principio del fin? Luka era el principio del fin. 

lunes, 25 de marzo de 2013

Capítulo 16:


        El timbre sonó a las nueve y media exactas y cuando salí de mi cuarto para ir a contestar me encontré a mi madre y mi hermana pegadas al video-portero y cuchicheando mientras se reían.

— ¿Tengo que ser el adulto de esta familia? No quiero ser el adulto de esta familia. —les gruñí estirando una mano para abrirle la puerta a Mara.

—Es muy guapa. —comentó mi madre intentando recuperar la compostura y parecer una persona seria y decente. Habría sido más eficaz si no tuviese esa sonrisa de “Mi hijo no va a morirse virgen un pozo, les gusta a las chicas. A las chicas guapas. ¡He hecho algo bien!”

—Algo había notado.

        Cuando abrí arriba tuve que tomarme un momento para cerrar la boca y no parecer un completo gilipollas. Porque, joder. Llevaba un vestido rojo y tenía en la mano una bandeja con el envoltorio de una pastelería. Y parecía dulce y amable.

—Traigo tarta de chocolate. —me sonrió antes de darme un beso en la mejilla y pasar hasta el salón.

        Mi madre y mi hermana se presentaron y mi hermana le dijo a Mara algo al oído que hizo que las dos me miraran y se rieran. Pero fue bastante bien.

        Nos sentamos y Mara le dijo a mi madre lo rica que estaba la cena y mi madre se puso roja. Realmente parecía ser ella quien quisiese impresionar a Mara y no al revés.

        Me tuvieron toda la noche llevando y trayendo cosas de la cocina mientras se reían a carcajadas. Y cuando acabamos de cenar nos sentamos en el salón con la tarta y el café y Mara dejó que mi hermana le hiciera trenzas. Yo hice fotos con el móvil.

—Si le tienes algún aprecio a ese teléfono, yo que tú las borraría. —dijo mientras me lanzaba una mirada amenazante intentando no mover la cabeza para que mi hermana no se torciera.

—Ah, ah. Ya no me impresionas, en el fondo eres una blanda.
        Me sacó la lengua, pero no lo negó. Y eso me calentó por dentro. Porque estaba empezando a entenderla.

— ¿Qué dices que estás estudiando? —preguntó mi madre una vez que mi hermana terminó de peinar a Mara.

        Mara me miró un momento con lo más parecido a la inseguridad que le he visto nunca antes de contestar.

—Psicología. Estoy en segundo año de psicología.

        Mi madre no tardó ni un momento en acercarse al borde del sofá mirándola con renovado interés.

— ¡Que chica tan centrada! Yo estoy intentando que Félix se decida de una vez por algo, pero no hay manera. ¿Qué te quedan dos meses de clase? ¡Eres un desastre! —afirmó girándose hacia mí.

—Bueno, a veces uno no sigue los ritmos impuestos, ¿no?—la cortó Mara antes de que yo pudiera ofenderme o mi madre seguir hablando. —Que sea bueno para la mayoría no implica que sea bueno para todos.

        Mi madre pareció dudar un momento, pero después de toda la propaganda que se ha tragado sobre el psicoanálisis, el poder de la mente etc. Lo que diga un psicólogo en mi casa iba a misa. Y Mara era lo más parecido a un psicólogo que había en la habitación.

—Supongo que tienes razón cariño. Nunca me lo había planteado así. —concedió contenta. Luego me guiñó un ojo.

        Mi hermana se fue a la cama e insistió en que tanto Mara como yo le diéramos un beso de buenas noches y fuéramos a arroparla. Y luego mi madre dejó que me escaqueara sin lavar los platos para acompañar a Mara hasta su casa.

        Así que echamos a andar y ella me cogió de la mano y apoyó la cabeza en mi hombro. Y era primavera y no hacía frio ni calor y si mi opinión le importara una mierda al ser superior que sea que nos mira desde arriba, habría parado el tiempo.

—Tu madre no me odia. —dijo de repente. Y cuando la miré tenía una sonrisa de puro orgullo en la cara. Y yo sonreí también.

—Mi madre te quiere más que a mí. Si te paras a pensarlo es triste. Voy a tener un trauma.

—Ya te lo quito yo, no te preocupes.

— ¿Voy a ser tu primer paciente cuando acabes la carrera? —pregunté bromeando. Y le pasé un brazo por la cintura. Porque podía.

—Hombre. Yo estaba pensando en sexo. Pero que si quieres también puedes ser mi primer paciente. —se rió ella.

        Cuando llegamos a su portal tuve que cerrar la boca para que la mandíbula no me llegara al suelo. Delante de la puerta había aparcado un Porsche negro. Y apoyado en el lateral un tío fumando.

        Y no sería digno de mención si el tío no fuera tan alto y ancho como un jodido armario y lo suficientemente guapo como para ser actor de cine. O para hacerse millonario simplemente vendiendo fotos de su puta cara.

        Cuando nos vio, se incorporó del coche, sonrió como un capullo y extendió los brazos. Mirando a Mara empezó a hablar en un idioma que yo no entendía. Se acercó a nosotros y se paró delante de Mara empezando a agacharse cuando ella extendió el brazo dejando la palma de su mano frente a su cara.

—Smiri strasti. —le gruñó con el ceño fruncido.  Me señaló y comentó algo en el mismo idioma que había estado usando él. Algo que hizo que el capullo me mirara y se riera.

        Él dijo algo. Ella dijo algo. Yo no me enteré de nada y cuando quise darme cuenta Mara le había dado las llaves de su casa al tío y este sacaba una maleta del maletero del Porsche y entraba en el portal.

        Mara se giró hacia mi suspirando y se pasó una mano por el pelo.

—Ese es Luka. Es un amigo. Bueno, algo así. Salimos juntos un tiempo, le conocí en una timba de póquer en Varsovia. Ha venido unos días por un asunto de trabajo y me ha pedido que le deje le sofá. Y bueno. Eso. —comentó, traduciéndome de manera acelerada la conversación. —No te molesta, ¿no?

        Me molestaba. No porque fuese guapo y tuviese un Porsche, aquello solo me daba envidia. Sino porque tenía pinta de ser el tipo de capullo que te saca de fiesta, te emborracha y vende tus riñones en el mercado negro.

—No, ¿por? —pregunté fingiendo el mejor tono de extrañeza que pude manejar.

—Ah. No, por nada.

        Se puso de puntillas para darme un beso. Luego me dio las buenas noches y entró en su portal. Y yo me pasé todo el paseo de vuelta a casa intentando convencerme de que la mala espina que me daba ese tío eran solo celos.

        Al llegar a casa google lo único que había medio entendido de la conversación. “Smiri strasti”. El traductor me lo devolvió al segundo: “Cálmate, zorra.”

        Sentí como parte del peso que tenía en el pecho se aflojaba y no pude evitar sonreír. Apagué el móvil para ponerlo a cargar y me metí en la cama. No me dormí hasta las cuatro de la mañana.